Un tesoro que no apreciamos, y que no somos capaces de saber diferenciarlo de una calculadora ni de unos informes estadísticos. La educación nace del día a día, del contacto, del saber escuchar, de saber cuándo, cómo y porqué callar. 

Viene de la paciencia, del aprender lo que significan palabras como libertad. De aprender a observar y así, aprender a pensar. 

Viene de ser capaz de ponerse en el lugar del que tienes al lado, de ser capaz de ver más allá de ti mismo. Viene con esfuerzo tuyo y de los que te rodean. No viene de los gritos, de miradas inquisidoras ni del miedo. No viene con una regla de madera que te haga callar. Tampoco viene con una sotana que te prometa un lugar mejor bajo amenazas. Viene de ver la fuerza de la gente de a pie. Viene de mano del sentido común.

Poco tiene que ver con estar a la cola de los informes europeos de educación avalados por quién sabe qué entidad. No tiene nada que ver con estatutos ni programas que pongan a los niños en un camino donde aprenden antes a multiplicar que a escuchar. Por suerte, tenemos tiempo para eso. Hay tiempo para libros, sumas, restas y abecedarios, pero si todo ello viene con la imposición, luego no tienen cabida las quejas de ausentismos y bajos niveles. 

Enseñar a apreciar la educación es el paso anterior a la educación en sí. Mientras que esto no lo tengamos claro, la cadena se seguirá rompiendo al poco tiempo de ponerse en funcionamiento.

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