El otro día escuchaba a una profesora de filosofía en televisión decir que antes de enfrentarse a un problema, buscaba en la RAE una definición para tener una idea exacta sobre lo que iba a tratar. De ello entiendo que quiere saber lo que unos señores opinan (sí, opinan y consensúan) sobre el amor, la amistad, el dolor, el miedo o (como era el caso en ese momento) de lo que es una respuesta, para ella poder establecer su opinión con cierta base. Me llamó la atención escucharla decir eso, cuando sé por propia experiencia que no tiene una mente categórica y clara precisamente…

Al día siguiente, leyendo a Burke, me encuentro con el siguiente párrafo:

“No me gustan mucho las definiciones, el aclamado remedio para la cura de este desorden. Pues, cuando las hacemos, parecemos correr el riesgo de circunscribir la naturaleza entre los límites de nuestras propias nociones, que a menudo hacemos nuestras al azar, abrazamos con los ojos cerrados, o formamos a partir de una consideración limitada y parcial del objeto que se nos presenta; en lugar de extender nuestras ideas para abordar todo lo que la naturaleza abarca, según su manera de combinar”.

Me fue imposible no recordar a la susodicha profesora.

Uno de los grandes problemas con los que nos enfrentamos hoy en día es el miedo a la equivocación; vivimos en la época de la especialización, de la delimitación con palabras, del encasillamiento, de pretender abarcar el saber con nuestras manos. Queremos estar encima del Todo, sentirnos el centro y evitar caídas por precipicios cuando pensamos. Estamos anclados en el famoso “llover sobre mojado”. No buscamos la crítica inteligente, buscamos la crítica hiriente, la crítica que te haga parecer estar en posesión de la Verdad. Llevamos más de 2.000 años en busca de esa Verdad y siento ser yo la que os lo diga, esa Verdad no existe. No arriesgamos por creer tener un fundamento que no existe.

A veces, debemos dejarnos guiar por intuiciones, evitar el límite, olvidar la pared, dejar de encerrarnos en palabras. Si encerramos el pensamiento entre letras que lo delimiten, se convierte en un león enjaulado en el que sólo encontraremos arrebatos.

Antes las teorías nacían por ensayo y error, hoy nacen como continuación de lo ya sabido. Antes no importaba caer, ahora nuestro absurdo sentimiento de superioridad, no nos permite siquiera ensuciarnos la ropa.

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