Siempre he defendido el derecho al pataleo, el derecho al miedo, el derecho a frenar. Son decisiones, puntos de inflexión que nadie nos debe arrebatar, al fin y al cabo en el derecho de decidir es donde se encierra la dignidad del ser humano.

Es sano tener miedo, te demuestra que estás vivo y, aunque los demás sepan cómo debes actuar, nadie escarmienta por cabeza ajena. Hay belleza encerrada en el temblor, el sudor; en el fondo es bonito que se te encoja el estómago. Si hay miedo, es porque lo que está detrás te importa y de alguna manera es eso lo que nos ata al mundo. También tiene su parte negativa, te limita, te hace evitar caminos que quizás pudieses disfrutar, pero una vez más volvemos al derecho de decidir. Si eres capaz de responsabilizarte de lo que haces, el miedo o la esperanza están en la misma línea.

Es el vuelco del ser humano, es el ser capaz de poner tu vida en aras de algo que no llegas a controlar. Una especie de rechazo y atracción que consigue poner en jaque tu cordura.

Y tengo miedo.

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