Tengo 28 años y no conozco otra cosa que no sea ver a un señor mayor (porque es mayor desde que tengo uso de conciencia) lleno de orgullo y satisfacción todos los 24 de diciembre. Lleno de orgullo y satisfacción no sé exactamente de qué, si de los suicidios, de los desahucios, de los niños muriéndose de hambre por las esquinas o por los índices de analfabetización y de la fuga de cerebros que se da desde hace años. Puede también que sea de ver un país comiéndose a sí mismo por los cuatro costados y resquebrajándose poco a poco. No lo sé.

Puede que esté orgulloso de su familia, fiel a una bandera, bandera que cubre las penas de una tierra que ellos pisan con paso firme y sin agachar la cabeza. Una familia que expía sus culpas en la Zarzuela con la sombra de Francisco por los rincones. Una familia que intenta teñir de normalidad sus días, llevando a las princesitas al colegio en sus coches oficiales.

Puede que, como los anuncios que se han hecho famosos ahora, esté orgulloso de su equipo nacional de fútbol, o de sus bares, de su alegría, de la manera de entender la vida de sus súbditos. Alegría que esconde otra realidad: la de las lágrimas, los remordimientos y la vergüenza del que por las noches no tiene un palacio donde caerse muerto; que por no tener no tiene ni ganas de levantarse al día siguiente y volver a empezar otra vez un día sin fin.

Puede que esté orgulloso de sus tierras, tierras que labran otros dejándose la piel para poder seguir adelante mientras la panda de inútiles, políticos y sindicatos, que tiene este señor a su alrededor, se llevan el dinero, la palmada en la espalda y foto fin de fiesta. También puede estar orgulloso del circo que hemos montado, tenemos leones custodiando un coliseo donde la honestidad y la lealtad nunca se asomaron. Satisfacción debe sentir cuando calles llenas de estudiantes gritando sus derechos y exigiendo un futuro, pero no, se llenará de satisfacción cuando el ministro de turno ahorque la educación en las aulas.

Siente satisfacción de un país que se hace viejo y huele a cerrado. Y ahora quiere pasar su orgullo a su hijo, su orgullo y saber mirar hacia otro lado. Algunos dicen que traerá aire fresco, yo creo que trae el mismo olor a rancio que su padre pero con vestido nuevo. La libertad no vendrá de manos de los Borbones.

Sólo espero que podamos abrir las ventanas, que el viento se lleve este olor a muerto que tenemos encima y no tenga que pasar los próximos veintiocho años buscando los motivos para poder estar orgulloso y satisfecho de este trozo de tierra seca.

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