Miraba por la ventana y sólo veía agua caer. Sólo veía charcos haciéndose más grandes esperando ser pisoteados por un niño con botas de agua nuevas y relucientes, mientras su madre le gritaba desde la acera. Veía coches brillantes como si hubiesen salido de un concesionario. Gente con paraguas andando por debajo de las cornisas, todos se refugiaban excepto Tomás que no sabía muy bien dónde esconderse. Su casa era el segundo banco a la izquierda del parque; ahí no había resguardo posible, ni resguardo ni alma.

He olvidado recoger la ropa, debe estar empapada. Tampoco me acordé de guardar las sillas de la terraza. El agua, a veces, hace que las cosas se vuelvan inservibles. Ayer vi en televisión algunos agricultores llorando porque las lluvias arrasaron sus sembrados; necesitan sol para que sus plantas vivan. Otros agricultores celebraban la lluvia como un éxito asegurado. Nunca nos ponemos de acuerdo ni siquiera en cómo ser felices.

No me apetece salir de casa, tampoco quiero hacer nada aquí. Sólo mantengo la mirada a través del cristal a ver si con suerte un coche salpica a algún viandante al pasar por un charco, o quizás consiga ver a Don Manuel, el director del banco, resbalarse y caer al suelo mientras que  Tomás se ría desde el otro lado de la acera donde está su banco blanco, el que le dejó en propiedad la firma del banquero. Siempre me hizo gracia el “don” como muestra de respeto a quien, normalmente, menos lo merece.

Tengo que recoger la ropa y las sillas. Probablemente las sillas no las pueda volver a usar; son sillas de enea, me las traje de la casa de mi abuela. Es lo que me queda de ella y ahí las tengo, mojándose. No le he prestado cuidado a su recuerdo, a sus tardes en el patio mientras yo jugaba entre jazmines. Quiero salvarlas, a ellas y a su recuerdo, pero no sé bien cómo hacerlo. El agua y el tiempo son difíciles de frenar con las manos.

Dicen que el agua purifica. Que consigue llevarse malos augurios, pero ya no creo en la pureza, no creo que eso sea posible. Dicen que el agua te conduce al cielo, te bautizan de pequeño con la idea de que san Pedro te abra las puertas en el caso de necesitarlo. Pero yo sólo quiero mis sillas y mi memoria; san Pedro debe estar ocupado con los fieles que pasan las mañanas de domingo en misa.

Ha dejado de llover.  Tomás respira aliviado al otro lado del cristal. Los niños consiguen escapar de las manos de sus padres y se dirigen a los charcos con sus botas de colores estridentes.

Voy a recoger la ropa, a volverla a lavar y voy a poner a secar las sillas. Algún agricultor debe empezar a respirar mientras que a otro se le hace un nudo en la garganta.
Como dice Tomás, vendrán tiempos mejores.

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