A veces necesitas alejarte del mundo, tomar distancia, olvidar tus costumbres, tus manías, tu rutina. Simplemente quieres mantenerte en una especie de limbo desde el que mirar e intentar entender el porqué, el para qué o el hacia dónde. No vale un cielo, no vale un infierno. No vale un lugar en el que des pie. A esa situación te llevan, te llevas, te empujan o te arrojas. Sea como sea llegas a ese punto.

Hay quien piensa que te has vuelto altivo, pero no, simplemente quieres mirar desde fuera, no involucrarte en nada. Crear una bolsa de aire a tu alrededor que te permita respirar. No es algo que se consiga de un día para otro. Lleva su tiempo, y en este caso, el tiempo se mide en silencios. Los que consigues, los que te dejan, los que te regalan y los que robas.

A mí, este momento, me lo marca el estómago. Es curioso cómo relacionamos el cuerpo con nuestro estado de ánimo. No es nada nuevo aunque nos lo intenten vender así, antes lo llamaban bilis negra, ahora lo llamamos melancolía. A mí me gusta llamarlo espacio, sin más.

Empiezas a sentir el cambio en las entrañas. Y cuando pide paso, mejor hacerle caso y prestarle atención. Si no, el enredo se va haciendo cada vez mayor hasta que termina por comerte.

Por eso es mejor dar un paso atrás (a veces también es necesario echar la vista atrás, digan lo que digan, tu campo de visión es tuyo y haces con él lo que quieres). Dar un paso atrás y serenarte. Caiga el que caiga y cueste lo que cueste.

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