¡Ser o no ser, es la cuestión! Así me imagino (o me gustaría imaginar) a Felipe delante del espejo.

No es decisión suya, por suerte (o por desgracia para él) lo han puesto ahí. Lo pusieron ahí cuando nació, cuando aún su padre corría alrededor de Franco, cuando se empezó a fraguar el hombre campechano que durante 40 años se ha reído de y con los españoles. Se ha reído y ha vivido de ellos. “Ha hecho mucho por España” he escuchado estos días de boca de muchos abuelos españoles. Sí, ha conseguido un país servil, un país ajeno a responsabilidades y decisiones porque ya estaba Juan Carlos para sonreír por ellos. Ha conseguido que se tenga por normal que malgastemos millones en mantenerlos a ellos y a su corte. “Transparencia” decía él y su hijo en charlas y comunicados. Pueden presumir de ella porque han conseguido que aceptemos el robo, que lo tomemos como normal y comulguemos con ruedas de molino.

La monarquía le vino dada, y es muy difícil cabalgar con ideales si la comodidad va contigo encima del caballo de batalla. No nos engañemos, pocos alejarían los beneficios de la corona de sus vidas por defender ideales más sensatos como los republicanos. Está más que claro que el poder corrompe, tanto si lo consigues en campaña electoral como si te cae del dedo de un dictador. ¿Principios? No, de eso gastamos poco en España. Pero sea como sea, todo tiene su momento. El mundo continúa y las etapas llegan a su fin. La monarquía se instauró cuando caballeros y princesas andaban en sus corceles por los senderos; pero ya no existen caballeros ni princesas, y los tronos y reyes cayeron o debieron caer hace tiempo. Toca renovarse, toca madurar, toca, al menos, decidir.

Kant decía: “La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro.

Es momento de salir de nuestra minoría de edad como pueblo. Es hora de atrevernos a abrir alguna ventana e intentar sacar la cabeza de la caverna que nos tiene asfixiados desde los años 30. Lo más triste de toda esta situación es que tengamos que pedir, de rodillas y casi implorar, que nos dejen elegir: tener que pedir que te dejen opinar sobre tu futuro. Posiblemente, sea de las cosas que más pueden mermar la dignidad de un hombre, y en esas estamos, pidiendo, y ellos mirando hacia otro lado pensando en el 18 de junio. Pensando y preparando una ceremonia austera, eso sí (que estamos en crisis) para hacernos ver la cercanía de una corona que seguirá riéndose y viviendo de los españoles otros 40 años.

Uno está lleno de orgullo y satisfacción pero viejo y decide irse. Llega otro, dicen que mejor preparado, pero que guarda en su interior el mismo olor a rancio. Esconde los mismos trajes con medallas, la misma corte de borregos, las mismas pautas que harán de él otro hombre lleno de orgullo y satisfacción cada 24 de diciembre.

Ser o no ser, Felipe, esa es la cuestión. Pero no es sólo tu cuestión, sino la de todos que terminaremos pagando tu vida y la de tu familia.

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