Los filósofos y el amor, a lo largo de la historia,  nunca se han llevado bien. Supongo que por no saber controlar la razón, por intentar encontrar explicaciones a lo que carece de ella, o porque, sencillamente, son insoportables. La mayoría de los filósofos han sido lanzados a vivir en el desamor. Los que contaban con más genialidad entre sus manos, fueron tocados por la locura o por la manía, que decían los griegos. El descontrol, el no poder establecer una causa y un efecto, los descolocaba y, a unos más que a otros, los sumió en una torpe desesperanza consiguiendo que perdieran la cordura pero no con ello su genio.

Gracias al desamor, muchos filósofos se convirtieron en grandes pensadores. Dicen que cuando mejor se escribe es cuando se está roto por dentro. Otros, sin embargo, se convirtieron grandes pensadores por evitar el amor. Quisieron mantenerse firmes al lado de la razón y establecieron su pensamiento acorazado contra la locura que suponía enamorarse. Nubla el juicio, decían. Lo efímero no es fácil de aceptar, y el amor lo es. La pérdida empuja a la desesperanza y no todo el mundo es capaz de soportarlo. Quizás la sensibilidad vaya cogida de la mano de lo excepcional.

Hace semanas leía en una entrevista a un filósofo:

” Si alguien dice que, después de 20 años, sigue amando a su mujer igual que al principio, miente. Amar no es echar en falta a alguien, amar es alegrarse por la existencia del otro, por la presencia del otro. Imagine que alguien tiene una pareja desde hace mucho tiempo ­y le dice: “Cariño, hace 15 años que vivimos juntos y sigo enamorado de ti como el primer día”. Es bonito, pero falso. Es una mentira piadosa. La mentira, incluso la piadosa, es siempre inquietante. Por favor: en el próximo San Valentín, díganle a sus parejas: “Cariño, hace 16 años que vivimos juntos. Y en todo este tiempo, la principal causa de alegría en mi vida es que tú existes”. Es una declaración de amor posiblemente cierta y conmovedora. Cualquier chaval de 15 años puede enamorarse, eso puede hacerlo cualquier idiota. Es fácil amar lo que a uno le falta, pero alegrarse por lo que existe, eso es mucho más difícil. Y yo creo que nuestras parejas serán más felices con esta verdad (aunque no se lo haya dicho nunca) que con algo que no sea cierto.”

Lejos queda la imagen (y las palabras) de aquel Nietzsche atormentado por el desplante de Salomé.  Ya no tienen cabida las palabras del Werther de Goethe “Si llegara a saber que podía olvidarme, me volvería loco de furia… Esta sola idea, Alberto, es un infierno.”

Ahora el amor, como casi todo, ha sufrido una “secularización”, es algo más medido, menos visceral, más simple. Puede que se haya encontrado el equilibrio entre la esquizofrenia que provoca el amor y la razón. Pero claro está, no todo el mundo está dispuesto a asumirlo. Hay quien seguirá pintando corazones en las paredes, hay quien creerá morir ante una huida. Hay quien seguirá escribiendo poemas al amor. Sacrificar esa faceta de tu vida no es algo sencillo.

Supongo que aún quedan retazos de genialidad.

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