Nunca nos ha gustado en este país llamar a las cosas por su nombre. Puede que sea la herencia de un país muerto de miedo por un pasado franquista. Quiero pensar que es eso. No quiero pensar que lo de ocultar con palabras menos hirientes la cruda realidad sea por una desvegüenza galopante. No quiero creer que lo de los libros de texto diciendo que “Lorca murió” o cadenas de televisión diciendo “Lorca nos dejó” sea por intentar encubrir un cuerpo arrojado en una cuneta de un camino de Granada. No quiero pensar que después de lo vivido, sigamos cubriendo a malnacidos que rompieron este país y del que aún hoy seguimos recogiendo pedazos.
Aunque el refranero es sabio: piensa mal y acertarás.
Pues no, Lorca no nos dejó hace 78 años, no; a Lorca lo asesinaron hace 78 años. Lo mataron a sangre fría como a tantos otros y arrojaron su cuerpo a una fosa que todavía sigue escondida en dios sabe donde. No sólo le quitaron su vida, también le quitaron su dignidad.

«Cuando yo me muera enterradme con mi guitarra bajo la arena. Cuando yo me muera, entre los naranjos y la hierbabuena».

No voy a entrar en un debate político porque es algo de lo que ya deberíamos venir de vuelta, sólo el arranque de la dignidad como se arranca la piel en los mataderos habla por sí solo.
Fue el que habló por una Andalucía rota, puso sobre papeles la forma de vida de los andaluces, usaba expresiones y llantos quebrados que más que por una persona, parecía escrito por todo el pueblo andaluz. Leerlo es escuchar hablar a la Andalucía de aquella época. Escuchar uno de sus poemas es ver una foto de un patio andaluz en blanco y negro, es ver una fuente de piedra. Fue el reflejo de un lugar roto, pasto de un país que estaba pudriéndose poco a poco y ya se sabe: de aquellos barros, estos lodos.
Seguimos limpiando la mierda de Primo de Rivera, de Franco y de tantos que dejaron ésto hecho un desastre. Seguimos buscando sus muertos en las cunetas por intentar cerrar una herida abierta desde hace décadas. Una herida que aún hoy se empeñan en no querer cerrarla. Una herida en la que se hurga cada vez que alguien se sube a un estrado ahogando derechos que tanta sangre costaron. Seguimos limpiando de rodillas los cortijos de los señoritos.

Seguimos sin avanzar a pesar de los muertos que nos vigilan desde las trincheras.

«Hoy siento en el corazón
Un vago temblor de estrellas
Pero mi senda se pierde
En el alma de la niebla.
La luz me troncha las alas
Y el dolor de mi tristeza
Va mojando los recuerdos
En la fuente de la idea».

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