Érase una vez, en un lugar muy muy lejano, había una corte donde no existía el miedo de salir a la calle. Los días no los presidía la vergüenza de que alguno de los gobernantes se llevase a casa lo que no era suyo, existía la confianza y el poder no se lo repartían entre cuatro. La decisión la tenía el pueblo en sus manos, y no se les menospreciaba ni se les tomaba por niños incapaces de saber lo que querían.
Las vallas no separaban campos de golf de la más ínfima miseria y se trataban a los seres humanos con dignidad, fuera cual fuese su cuna. Sabían que las artes, la ciencia y las letras conformaban aspectos únicos de las personas y se trataban en la escuela para que el día de mañana no se les infravalorase y los niños llegasen a ser adultos conscientes y con capacidad de crítica para que nadie, en el caso poco probable que alguien lo intentase, le pisaran sus derechos.
No terminaban de ser felices porque el pueblo era inconformista, siempre aspiraba a algo más, las revueltas existían en algunas aldeas y esquinas, pero no se sentían humillados. Hacían cuanto podían por hacer prevalecer su valor como personas y el valor de los demás que, al gritar, por una causa o por otra, se les quebraba la voz…

Vuelta a la realidad, los cuentos no existen, lo sé. Pero es curioso que vayamos en el sentido contrario a la utopía. Estamos en la época del descrédito; una época donde no sólo nos dejamos pisar sino que nos gusta hacerlo a nosotros también. Una época donde la desvergüenza anda por la calle sin máscara, sin temor de ser cazada, porque se sabe que el objetivo de la caza es otro. Lo que se intenta cazar es la autonomía, la crítica, el saberse capaz de salir de las faldas de unos señores que llevan tantos años haciéndonos creer que sin su respaldo no sobreviviríamos que hemos terminado por interiorizarlo y arrastrar ese pánico con nuestros pasos. Somos como los niños que no se terminan de soltar de los asideros que encuentran a su paso cuando empiezan a andar.
Y aquí seguimos, montando el circo de la desvergüenza, donde las princesas, ciegas de amor, se ríen de la justicia que termina devorando y echando de sus casas a quienes menos lo merecen, pero claro, el embrujo del amor que anda por los castillos ya se sabe, es inquebrantable.
Y seguimos también en un circo donde los reyes son meros espectadores de bufones bailando desde el congreso de los diputados dejando al descubierto la mierda de un país que lleva mucho mucho tiempo muerto.

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