Las malinterpretaciones están al alcance de cualquiera y más en esta época donde se ha puesto de moda la crítica. Y como andamos deseando hacer una crítica ingeniosa, vemos lo que queremos ver en las palabras y en los gestos de los demás. Y no sólo no conseguimos el ingenio, sino que, además,  terminamos haciendo el ridículo.

Como es obvio, tan malo es tener falta de crítica como el exceso de ésta. Estamos dando paso a una banalización que nos está dejando con la mierda hasta el cuello. Y se trata de mierda que ya no sabemos diferenciar. La objetividad en la crítica está dejando de existir; de una forma u otra nos dejamos llevar. Nos creemos originales, pero no lo somos. Quizás es lo primero que debemos asumir para aprender a diferenciar entre tanta basura. Nos tenemos por seres especiales, capaces de diferenciar la verdad de la mentira y puede que esa verdad no sea más que un triste reflejo de lo que queremos ver. Puede que no sea más que una malinterpretación.

Dudo que levantar un pensamiento o una reflexión sobre los cimientos de una verdad infundada o malinterpretada sea lo mejor que podamos hacer. Pero es a lo que nos está llevando el desastre, la desgana y la apatía que estamos viviendo. Apuntamos a la crítica fácil, al decir por decir sin pararnos dos minutos en intentar comprender lo que hay detrás de lo que escuchas, de lo que ves, de lo que piensas.

Es paradójico que en la era de la información, estamos más perdidos que nunca.

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