En nuestro época también tenemos alumbrados o iluminados. Seres que se creen en posesión de la verdad sobre la naturaleza humana. Por muy poco que lo pienses, suena irrisorio (además de entender que no hay verdad alguna sobre la naturaleza humana). De hecho puedes llegar a pensar que no haya tal naturaleza o que, si la hay, no sea algo de lo que sentirse orgulloso. Sea como sea, ellos saben lo que hay que hacer en determinados momentos y cómo debes enfrentarte a tu día a día. Lo mismo le da que te enfrentes a una enfermedad, a un problema económico, a un problema social o que se te haya roto la página de tu libro favorito. Te dirán que te digas frente al espejo lo que vales, que te pongas los zapatos y te lances a la calle con un lazo en la cabeza y una sonrisa. Y que te compres un muffin rosa con un café servido en una taza con una frase motivadora. (Lo de la taza es importante).

Parece que no se dan cuenta que hay días en los que no quieres mirarte al espejo, no quieres decirte nada motivador y que sólo quieres encerrarte con tu preocupación sin sonreír al espejo o a la vida. Hay días en los que no vale eso (ni eso ni nada). Hay días en los que se precisa soledad y no es nada malo. Obligarte a lo contrario no tiene sentido, ¿por qué hacerlo? La próxima vez que un alumbrado os diga que te tienes que repetir lo que vales, prueba a preguntarles por qué tendrías que hacerlo. Si no te responde con una ristra de conceptos vacíos, lo puedes considerar un milagro. 

El día en el que, en vez de educar los sentimientos como ellos dicen, se eduque a la sociedad desde niños a sentir sin más y a no avergonzarse por ello, sólo ese día, tendremos algo de lo que sentirnos orgullosos. 

La soledad, el enfado y el llanto son necesarios. La rabia, la decepción y el dolor conforman nuestro día a día y empeñarse en ahogarlos es absurdo además de imposible. 

El maquillaje se quita con el tiempo; las capas de pintura no duran para siempre.

Querer mostrarse con el lazo y la sonrisa sólo esconde la pena que no se es capaz de asumir. 

Quizás diga esto porque me gusta la soledad, el llanto y la rabia a la vez que detesto los espejos, los lazos y los muffins.

No lo sé.

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