Tendemos a menospreciar el silencio. Menospreciamos todo lo que nos saca de la vorágine en la que estamos metidos en nuestro día a día. Pero el silencio nos da espacio, nos da orden, nos da tranquilidad.

Se confunde la vida con el ruido, lo que nos conduce al hecho de que sea difícil encontrarle un lugar al silencio, pero quizás sea beneficioso el ser capaz de hacerlo. Alguna vez leí que era necesario para poder escucharse uno mismo, pero ni tan siquiera me refiero a eso.

Silencio por silencio, sin más. Un respiro, no esperar, no buscar, no preguntar, simplemente un espacio en blanco sin que haya necesidad de llenarlo con cualquier otra cosa. El reemplazo es algo muy común en nuestro tiempo. El aburrimiento ha dejado de existir, tenemos cualquier tipo de diversión o entretenimiento entre nuestros dedos en cualquier sitio del mundo y en cualquier momento. Sea lo que sea lo que quieres, sea lo que sea lo que busques, lo tienes al minuto. Desperdiciamos el vacío. No hay momentos en blanco; no hay tiempo en blanco, no hay silencio. Cuando da señales de vida, lo tapamos, lo acallamos y hay veces que el silencio quiere gritar.

Cambiar el silencio por el murmullo es una de las caras de nuestro tiempo. Un murmullo que se convierte en una especie de sonrisa que cubre lo que debería estar a la intemperie.

Acallar al silencio es un flaco favor que nos hacemos a nosotros mismos. El obligarnos a ahogarlo, nos ahoga a la misma vez.

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