Desperté con un terrible dolor de cabeza. El sol me cegaba y solo sentía el sudor correr por mi frente. Miré hacia los lados y sólo alcanzaba a ver un coche estrellado contra un árbol. Yo estaba fuera tumbado sobre el asfalto. Veía una carretera de montaña que marcaba un laberinto de curvas, laberinto parecido al que se abría paso en mi cabeza.

No lograba recordar nada, todo se había convertido en una especie de niebla en la que los objetos y las caras se iban desdibujando. Busqué en mis bolsillos algo que me pudiese ayudar a salir de allí o a saber quién era y por qué estaba allí pero estaban vacíos. Me arrastré hasta el coche pero los en los únicos papeles que logré encontrar aparecía el nombre de una mujer.

Aquella carretera parecía marcar un camino pero no sabía cuál. Salí del coche y me volví a arrastrar hasta una sombra que cubría parte de una curva y esperé que pasara alguien que me pudiese llevar. Notaba algún hueso roto. Había algo quebrado en mi cuerpo pero mi sensación me decía que no se debía solamente a la pierna que no podía mover. Esperé a sabiendas que iba a desfallecer.

Es curioso el funcionamiento del cerebro. Tal y como me explicó un médico en el hospital horas después, cuando pierdes la memoria, el funcionamiento de los procesos naturales no se rompen, la ley natural de la causalidad permanece intacta. Es por ello que no había perdido la razón, simplemente había perdido todos mis recuerdos. Ese era el motivo por el que también sabía que si me mantenía en aquella carretera durante mucho tiempo, acabaría deshidratado. Pero no me quedaba otra más que esperar. Empecé a concentrarme en el sonido que hacían los pájaros y en ver cómo el sol se iba comiendo la poca sombra que me resguardaba.

Notaba el peso de los ojos y no pude resistirlo más. Cuando los volví a abrir estaba en una cama de hospital. Una enfermera me cambiaba algunas de las bolsas que veía colgando a mi alrededor. Intenté moverme pero aquella rotura que me impidió moverme en la carretera, se había convertido en un yeso que me dificultaba aún más cualquier movimiento. Volví a esperar, al parecer mi vida había pasado a ser una continua espera.

No sé cuánto tiempo pasé allí sin poder moverme hasta que apareció un doctor (también aprendí que la velocidad del tiempo varía dependiendo del lugar en el que estés).

Me preguntó por mi nombre y al ver que difícilmente podría ayudarlo con lo que recordaba, que era prácticamente nada, decidió hacerme más pruebas para ver el alcance de mi lesión cerebral.

Mi lesión, así lo llamaban. Aquel accidente había sesgado mi vida pero aquél vacío al parecer no merecía más nombre que “lesión”.

Durante los siguientes días me hicieron muchas más pruebas de las que puedo nombrar, pero el desierto de mi cabeza seguía igual. El resultado fue igual de vacío: en el mejor de los escenarios, no sabían si volvería a recordar mi vida, quién era.

¿Qué hacer con mi vida a partir de ahora? No tenía donde ir, qué hacer; no sabía cómo seguir adelante.

Los médicos me pusieron en contacto con la policía; la enfermera, que me trataba con espíritu maternalista, me aseguraba mientras me sonreía que todo iría bien. Yo no estaba tan seguro.

Después de varias semanas, me dieron el alta en el hospital y una pareja de policías me llevaron hasta un piso que parecía estar a las afueras de cualquier ciudad, en medio de nada o en medio de todas partes según se mirase. Pretendían que durante el camino me sonase alguno de los paisajes, por eso pasaron por la carretera en la que desperté pero nada de aquello me era familiar, sólo aquella montaña que vi a lo lejos entre el sudor y la sangre.

Llegamos al piso y me dijeron que estaban poniéndose al día con los archivos de las denuncias de desaparecidos pero que de momento no habían tenido éxito. “En algún lugar deben estar buscándote, es cuestión de tiempo que demos con ellos” me decía uno de los policías. Me recordó a la enfermera del hospital por el tono que usaba al hablar; por algún motivo despertaba un sentimiento de protección en los demás, debía dar una imagen infantil o de inocencia el estar disuelto en medio de una vorágine de formas indefinidas.

A partir de este momento el tiempo empezó a pasar muy deprisa.

Los días seguían pasando y yo seguía en aquella casa desconocida, en una ciudad desconocida sin saber a lo que agarrarme. Pero había algo que sin llegar a conocerlo, me asfixiaba. El día del accidente me sentí roto y ahora, aunque mi pierna estuviese curada, aquellos cristales rotos seguían dentro de mí; aquel sentimiento punzante que provocaba dolor se había mantenido.

Sin tener rastro de quién era ni qué hacía con mi vida, sabía que aquel no era el fin.

Empecé a pensar que quizás aquello era una buena señal. Si nadie me buscaba significaba que mi vida pasaba desapercibida para los demás. Así se me abría una puerta, una nueva oportunidad para encauzar mis días. Sabía que no todo el mundo tenía una segunda oportunidad pero, ¿importaba lo que había hecho hasta entonces en mi primera vida?

Ese fue el pensamiento que me acompañó todos los días de aquella nueva etapa que empezaba, era un peso que tendría que aprender a llevar sobre mis hombros.

Una mañana dando un paseo llegué hasta la entrada de la ciudad y tuve que atravesar un barrio lleno de almacenes y talleres; me paré en uno de ellos.

Había un hombre mayor sudando sobre un motor de un coche. Vestía un mono que en un principio debió ser azul pero que la grasa se había comido al igual que el sol se había comido la sombra en la que me resguardé el día del accidente. Estuve mirando un rato hasta que se percató de mi presencia. Me preguntó si deseaba algo y cuando le dije que no, me miró extrañado. Me miró y volvió a meter a nariz en aquel motor. Respiró y me volvió a preguntar pero esta vez quería saber si era nuevo por allí.

Algo en él me inspiró la suficiente confianza para contarle mi escaso mes de vida. No sé si fue algo que me inspirase o que simplemente llevaba mucho tiempo sin poder conversar con alguien.

Sea como fuese, empezamos a hablar. También en él desperté la simpatía que había vivido con la enfermera y el policía, y me dijo que me ayudaría. Todas las mañanas me levantaba temprano y me iba hasta el taller de manera que empecé a aprender un oficio. No sabía a qué me dedicaba antes del accidente pero fuese lo que fuese, tenía destreza con las manos y aprendía muy rápido. No me costó mucho hacerme un sitio en el taller. Y así pasaron los meses, ya no había espera, sólo un pasar rápido de los días.

Algunas tardes, cuando salíamos del taller, me iba a un pub cercano mis compañeros a pasar el rato. Poco a poco me fui haciendo una vida: un trabajo, amigos, una casa llena de objetos que sí conseguían hablarme, un presente. Pero noche tras noche venía el mismo pensamiento a mi cabeza, ¿importaba lo que había hecho antes de que mi vida cambiase?

Una de aquellas tardes en el pub conocí a una mujer que sin darme cuenta se convirtió en gran parte de mi vida. Parecía que el círculo de la perfección se iba cerrando.

Pasaron varios años en los que la tranquilidad entraba por la ventana pegada a un sol que no me cegaba como aquella tarde de antaño.

Nos gustaba preparar la cena juntos, era el momento en el que el peso del día era compartido entre los dos y saboreábamos los sinsabores de la vida entre miradas y caricias. Fue una de esas noches mientras ella me contaba el desencuentro con su superior cuando el timbre rompió su discurso, su discurso y mi vida.

Era aquel policía con tono paternalista que prometió ayudarme años atrás. Su semblante no era el mismo, quizás fuesen las canas que le daban un aspecto más sereno, menos sentimentalista. Parecía uno de esos actores de los que envejecen a propósito en las películas. Al parecer yo tenía que ser consciente del tiempo que había pasado a gran velocidad, tenía que saber de la tranquilidad que había reinado en mi vida durante este tiempo para ser capaz de poder perderla. Había una necesidad imperiosa en que la culpabilidad me aplastase sin saber por qué.

Lo invité a pasar pero no quiso, venía acompañado de otros dos policías mucho más jóvenes y con mirada inquisitoria.

El policía mayor, el único que yo conocía, me dijo que habían descubierto mi pasado: al fin sabían quién era. Acto seguido me leyeron “mis derechos” y sin ser capaz de reaccionar, me encontraba en un coche esposado y con la sirena encendida.

Tras mi puerta moría mi tranquilidad y la existencia que ya no era mía. Las lágrimas de ella en la entrada. También murió nuestra historia; mi vida era suya y acababa de morir. Todo cesó en aquel momento marcado por las luces azules.

Cuando llegué a comisaría me anclaron a una mesa en una habitación vacía. Volvió el policía ya sin tono paternalista y me contó todo lo que sabía sobre mí. Me dijo todo lo que había hecho, el porqué de aquel sentimiento de rotura en mi interior, el porqué de aquella carretera de montaña. Era el momento, me dijo, de pagar por todo aquello que no recordaba. Tenía que pagar por una vida que no era mía.

Fue cuando le puse respuesta a la pregunta que me había atormentado todas las noches: al final pareció que sí era importante todo lo que había hecho antes del accidente. La realidad aplastó a la oportunidad.

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