Me pasaba horas sentado frente a la ventana imaginando las vidas de los que pasaban por allí donde existía el movimiento. Allí había lo que aquí dentro brillaba por su ausencia.  

Ella solía decirme que los pájaros que tenía en mi cabeza me hacían volar pero que la caída siempre era peor; sabía de lo que hablaba, era la que terminaba por aguantarme cuando me estrellaba contra el suelo. Sé que la paciencia tiene un límite y ella estaba a punto de claudicar conmigo: no es fácil vivir con un soñador. Empeñamos nuestro tiempo en lo que hay fuera, olvidando todo lo que queda en nuestra habitación.

Debía ponerle fin a mi imaginación o disimularla. A veces intentaba hacer que me acompañase a mi mundo pero sin mucho éxito.

Ella me miraba como quien mira a un niño el día de reyes y esbozaba una leve sonrisa llena de ternura. Ternura que era el paso entre el amor y… ¿y qué? No sabría decir, pero en ese punto sin nombre nos encontrábamos. A la hora de irnos a dormir ya no me buscaba, me arropaba por las noches cuando creía que no la sentía. Simplemente.

El martes que todo cambió tuve un bonito despertar. Subió la persiana justo antes de irse a trabajar y me dejó un beso en los labios que me hizo abrir los ojos. El cielo llevaba días nublado, por lo que notar los rayos de sol en mi cara fue una inyección de energía que me sacó de la cama. Estaba feliz.

Cuando bajé a la calle camino de la oficina la gente sonreía, hablaban unos con otros, se saludaban. Me crucé con la señora del cuarto, paseando a su perro y me saludó sin regañarme por dejar las cartas en el buzón durante días; era algo que le obsesionaba.

 Había algo extraño. No me encontré ningún atasco, ningún enfado entre conductores que culpasen de su retraso al resto de la humanidad. La gente parecía feliz. ¿Qué está pasando? Normalmente la gente andaba cabizbaja, en algún momento perdimos la costumbre de mirarnos a los ojos. Últimamente sólo teníamos malas noticias: subidas de impuestos, asesinatos, la lógica había desaparecido. De alguna manera el ser humano había dejado de ser el animal inteligente del que nuestros antiguos hablaban. Ese era el motivo por el que me pasaba horas vigilando la vida de los demás desde la ventana, me gustaba pensar que todo se trataba de una obra de teatro. Soñaba con estar viendo ficción. La esperanza me hacía querer creerlo; no quería pensar que el paraíso dorado del que me habían hablado se hubiese convertido en aquel amasijo de chatarra. Esperaba ansioso la caída del telón cada noche; caída que nunca llegaba…

Pero aquel día todo era distinto. El sol, la gente sonriendo, su beso; no lo entendía pero me gustaba. Una sensación de placer me invadía, todo parecía encajar. Nos habíamos convertido en un puzle perfecto. Todo parecía controlado y eso me hacía sentirme feliz.

De repente algo llamó mi atención: al otro lado de la calle había un tipo siguiéndome. Al principio pensé que era una simple sensación pero  cada vez que intentaba cruzar mi mirada con la suya, lograba esquivarme.

Era un hombre de mi estatura, vestido con una sudadera negra y un gorro de lana negro que le cubría gran parte de la cara; aquello dificultaba que lograse identificarlo. Intenté no prestarle atención y seguir mi camino. Anduvo sobre mis pasos hasta que llegué a la oficina y lo dejé mirando a través del cristal mientras yo me perdía entre las escaleras. La cuestión era que su manera de moverse me resultaba familiar.

En la oficina mis compañeros estaban contagiados del espíritu que se respiraba en la calle minutos antes; todo eran risas. Pasó muy rápida la mañana y llegó el momento de volver a casa.

Conforme bajaba al primer piso iba viendo aparecer la sombra negra del desconocido. Me armé de valor y decidí afrontar aquella situación, ¿qué quería de mí? Salí en su busca pero consiguió escabullirse. Durante todo el camino estuve intranquilo mirando hacia atrás, seguro que me vigilaba desde alguna esquina. Al fin llegué a casa y sentí la tranquilidad vacía del hogar cuando estás solo. Por curiosidad me asomé a la ventana para ver si localizaba a mi sombra pero no sólo lo vi tras los arbustos, sino que mi mayor sorpresa fue ver el panorama de la calle. La alegría que la inundaba  horas antes había desaparecido. Todo se había vuelto a ensombrecer (incluso pude oír a la vecina del cuarto maldecirme por mi  buzón). 

Al fin llegó pero lo hizo como todas las tardes, con cara de cansancio y sin ganas de hablarme; una leve sonrisa como principio y fin de nuestra conversación. No quedaba nada del calor de sus labios de esa misma mañana. Intenté explicarle lo de aquel tipo, también bromeé con la felicidad matutina de la ciudad pero no parecía despertarle la curiosidad. Abandoné la lucha por conseguir sacarle una palabra y me dispuse a bajar las bolsas de basura.

Mientras bajaba las escaleras seguía pensando en qué me estaba ocurriendo. ¿Quién sería aquel hombre? ¿Tendría algo que ver con todo aquello? ¿Podía ser aquel puzle perfecto una mala jugada de mi imaginación?

Al abrir la puerta lo vi; parecía estar esperándome bajo aquella farola. Conforme me acercaba a él, creía estar perdiendo la cabeza. Noté cómo mi cordura saltaba al vacío. No tenía sentido; debía estar soñando despierto. A duras penas y zigzagueando me puse ante él.

No entendí el cómo ni el por qué, pero aquel gorro negro no escondía otra que mi propia mirada. Como si de un espejo se tratase estaba frente a mí, era mi rostro al que me enfrentaba, mi cara se escondía detrás de un gorro negro de lana. Quería despertar. La realidad estaba superando a la ficción, o eso creí…

Al fin pude articular algunas palabras, miles de preguntas invadían mi cabeza y mi sombra tenía la mirada ansiosa de querer responderlas todas, una a una:

-¿Se trata de una broma, verdad?- logré decir con la respiración entrecortada.

-No, todo esto no es más que lo que llevas deseando años desde aquella ventana, que caiga el telón – me respondió.

No entendía ni una palabra.

Me dijo que había pasado mi vida tratando de ser el director del mundo infeliz que observaba desde las ventanas, que siempre estuve esperando que la realidad se comiese aquella ficción. Él me aseguraba que mi intención solamente había sido que la vida retomase un rumbo que yo creí perdido en algún momento sin saber cómo ni dónde. Que todo encajase.

Luego comprendí que el rumbo nunca se perdió ya que es imposible perder lo que no se tiene; nunca existió el azar en mi vida. La libertad tenía reclutada mi existencia. Vivía por y para un papel. Me creí director y no era más que un personaje. En ese momento sentí la realidad caer sobre mis hombros y el miedo me hizo sentirme pequeño y solo en la negrura de la noche.

Él me miraba como el que se encuentra por encima del bien y del mal, incluso podría decir que a veces pretendía adelantarse a mis palabras como si supiese lo que yo iba a decir. Era como si tuviese el guión aprendido de memoria. Seguí haciéndole preguntas durante minutos y él me hizo ver que tenía justo lo que quería, lo que había buscado y esperado. Tuve la sensación de ser el protagonista de un cuento de ciencia ficción donde me hubiese creado a mí mismo a golpe de tinta y papel. Cuando logré decir estas palabras en voz alta, tan solo me encontré con su sonrisa por respuesta.

De nuevo quise despertar.

Pero no, no podía. Estaba dentro de un laberinto que yo mismo tracé; yo era el único creador de mi mundo y sólo de mí dependía el poder salir.

Seguía sin entender el porqué de la dulzura con que se me presentó el mundo aquella mañana de martes y la crudeza con la que me encontré arrojado por la tarde. Pero sus palabras me hicieron comprender que sólo vi lo que quise ver mientras empuñaba la pluma y había llegado el momento de tomar las riendas de mi vida.

Al menos sabía lo que quería encontrarme al subir las escaleras de casa: sólo esperaba cerrar la cortina de aquella ventana.

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