Hay cosas que me cuestan entender, lo acepto y no me avergüenzo de ello. De hecho hay más cosas que no comprendo que las que sí. Imagino que me enseñaron de pequeña a reconocer mis limitaciones porque (oh, sorpresa) SÍ TENEMOS LIMITACIONES, y menos mal.

Tener limitaciones NO ES ALGO NEGATIVO, y conocerlas, menos aún. No sé si os gustaba buscar la salida en el típico laberinto del libro de crucigramas, pero esto no es muy diferente. Buscar distintas salidas.

La historia del ser humano es una lucha constante por intentar endiosarse y así nos ha ido. Para los griegos el círculo representaba lo perfecto y nosotros, siento decirlo, no llegamos a círculo, nos quedamos en cuña (y pequeña). No pretendo decir con esto que haya que arrinconarse a la primera de cambio, simplemente digo que no se es mejor o peor por sentirse de una manera u otra, por luchar o por no luchar. Y que obligarse a sentir de una manera determinada es una barbaridad.

¿A qué viene todo esto? A que acabo de leer una frase que decía que “tenemos la obligación de sonreír y de sentirnos bien”. No, no la tenemos. Tenemos muchas obligaciones por vivir en sociedad pero sonreír no es una de ellas. Si nos tomamos el sonreír como una obligación, mermamos la capacidad humana de reacción y eso es una absoluta barbaridad. Es otra de las maneras en las que matamos la Libertad (sí, con mayúscula). 

Ahora el coaching está muy de moda, el pretender que interiorices que eres el centro del universo, que todo depende de ti y que, si lo haces como debes, todo te saldrá bien y nada ni nadie te puede parar. Un modelo empresarial extrapolado a nuestro día a día, una mecanización de las emociones; una locura. Ante esto te pueden pasar dos cosas: que sí te paren y aprendas por tu cuenta y riesgo que el golpe puede ser monumental por creerte el mejor, y que, además, veas que no todo depende de ti, que no eres sólo tú luchando contra el mundo. 

Realmente creo que no somos conscientes del peligro que tiene el defender un modo de vida así, de las frustraciones que puede acarrear y, una frustración, sí que puede destrozar una vida y no el levantarse sin ganas de sonreírle al mundo. El derecho al pataleo, al enfado, al igual que al reírse del mundo y de uno mismo es lo que mantiene la balanza. Es difícil salir de una mentira creada por ti mismo.

Quizás no se trate más que de eso, de un problema sobre la libertad. Pero quién soy yo para plantearme este tipo de cosas…

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