Fíjense que hacer noticia es una buena expresión, la noticia la hacemos nosotros, y hay que saberla hacer ver entre líneas”.

Mi relación con Umberto Eco es muy breve. Lo conocí, como la mayoría, gracias a la película “El nombre de la rosa” pero nunca llegué a leer la novela.

En la carrera me dieron un artículo de él que, en general, nos resultó bastante interesante. Personalmente me sorprendió porque en mi mente la línea de ese escritor iba por otros derroteros. Y ahí se quedó nuestra relación hasta hace cosa de un mes, que vi en un programa de televisión que había publicado una nueva novela. Me llamó la atención porque el argumento era tan actual que daba miedo: un periódico dispuesto a reciclar noticias haciéndolas pasar por verdaderas.

Puse el libro en la lista de “pendientes” pero el otro día me encontré con él en una estantería en un supermercado y lo compré.

Es un libro breve, tiene unas 200 páginas pero te mantiene en vilo desde la primera línea.

El protagonista, un hombre rondando los 50 sin mucho que agradecer a la vida, empieza a trabajar para un periódico un tanto peculiar. Tendrá que trabajar para un periódico que tomará historias pasadas, pero que la gente ha olvidado, y le darán un nuevo cariz anteponiéndose al día que las publicaron. De esta manera conseguirán algo que hoy día se ansía tanto por parte de los medios de comunicación: se convertirán en los primeros en dar una noticia. A eso le unimos una trama sobre el asesinato de Mussolini que nos llevará a cuestionarnos la base de los noticieros como tales. Conspiraciones que parecen sacadas del típico documental que se plantea si realmente el hombre ha pisado la luna, pero que lejos del hecho como tal, pone en jaque la veracidad de nuestro día a día y hasta qué punto queremos ser conscientes de la realidad.

Actualmente las noticias de los periódicos carecen del carácter sorpresivo con el que puede contar la televisión, que a los 2 minutos de una explosión en Pakistán tienen a un enviado dando la noticia e iniciando esos “Última hora” que nos echan a temblar pensando un ¿Y ahora qué?. Las noticias en papel sin embargo necesitan tiempo, precisan un trabajo por debajo de la noticia que es imposible conseguir ser revolucionario. De ahí la idea del jefe Simei de adelantarse a los hechos.

El libro se convierte en un Tratado sobre la comunicación en el siglo XXI. Tiene frases a lo largo de la novela que hace que te recorra un escalofrío por la columna vertebral. No importa la veracidad de lo que se cuente, importa ser los primeros. Luego llegan los desmentidos, desmentidos que la gente creerá o no creerá, pero eso no depende del periódico ya; ha traspasado su linde.

Tomar a la gente por idiota; de eso se trata. Creemos lo que leemos y oímos por televisión o la radio, como se suele decir: si lo dice la televisión no puede ser mentira. No somos conscientes (o no queremos serlo) del famoso “sesgo informativo”. Oímos campanas y nos vamos formando una opinión, opinión marcada por lo que otros quieren que opinemos, no hay más. ¿Libertad de pensamiento? Nada más lejos de la realidad. Al mismo tiempo puedes ver tantas versiones de un hecho como periódicos haya, y dependiendo de quién costee el periódico te dirán una cosa u otra. No existen medios de comunicación objetivos: no los hay. Pero eso es algo que no estamos dispuestos a asumir.

Al final todo se reduce a eso, a tomar responsabilidad en nuestras opiniones, pero se nos plantea imposible siempre que beban o dependan de los medios de comunicación.

¿Cómo informarnos entonces? Nos es imposible conocer los hechos tal y como son en todas las partes del mundo, ¿cómo hacerlo entonces?

¿Qué nos queda? ¿Asumir que es imposible formarnos una opinión propia? ¿Hacerlo a sabiendas de que no tiene sentido? ¿Seguir la corriente y hacer como si no conociésemos la maquinaria de la comunicación?

Lo que está claro es que en el siglo XXI deja de tener sentido aquello de dar tu vida por tu opinión, porque siendo realistas, tu opinión es de todo menos tuya.

¿Aceptarlo o no? Cada cuál sabrá. Si leéis el libro veréis cuál fue la decisión de Colonna, aquel señor lleno de sinsabores.

“- Es que, que Juan XXIII era el Papa bueno, lo dijeron los periódicos y la gente lo siguió.

– Exacto. Los periódicos enseñan a la gente cómo debe pensar – interrumpió Simei.

– Pero los periódicos ¿siguen la tendencia de la gente o las crean?

– Ambas cosas, señorita Fresia. La gente al principio no sabe qué tendencia tiene, luego nosotros se lo decimos y entonces la gente se da cuenta de que la tiene.

El caso es que los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias”.

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