Fui de las últimas generaciones que salían a jugar a la calle. Poco después ese mundo fue muriendo; los niños se fueron recluyendo en sus casas, bien por miedo bien por comodidad.

Las cosas han cambiado en pocas décadas. Decía Ortega en El tema de nuestro tiempo que “de lo que hoy se empieza a pensar depende lo que mañana se vivirá en las plazuelas”. Mi plazuela era la de la libertad, la de una infancia como debía ser, como se había soñado 20 años atrás. Nací 10 años después de la muerte de Franco, y con esa muerte la libertad por fin tomó fuerza en las vidas y en la forma de pensar. Ya no sólo era un panfleto, se había convertido en una realidad. Nacieron nuevas leyes que, después del horror, supusieron algo de aire del que por fin se podía respirar. Empezaron a plantearse nuevos frentes, frentes que todavía arrastramos, pero que ya no asfixiaban. De nuevo empezó la lucha de la igualdad en diferentes ámbitos y, aunque todavía estamos a años luz de, no sólo pensar sino actuar de manera libre, fue el caldo de cultivo que a mí y a las generaciones de mis hermanos nos permitió vivir nuestro tiempo. De aquella gestación, de aquel recuerdo, de aquella memoria nació mi época.

Tengo 30 años y puedo decir que todo esto ha cambiado mucho.

La infancia ha perdido su inocencia y no lo ha hecho por arte de magia, no es algo que haya desaparecido en dos días; no vale mirar hacia otro lado. Ellos han dejado de vivir su tiempo, los niños tienen prisa por dejar de ser niños. Y todo eso lo hemos matado nosotros. ¿Cómo? Olvidando lo que tanto costó conseguir y dejándonos caer en la comodidad de que otros tomen decisiones por nosotros. Y de nuestros actos, lo que hoy (no) se vive en las plazuelas.

Si ves algún reportaje en televisión cuando ocurre alguna desgracia en la que se vea la infancia involucrada, verás que echan balones fuera y, de manera absurda y tomándonos por imbéciles, sueltan un “es que jugaba a un juego violento”. Creo que es la peor excusa que puede salir por la boca de un ser huamno, no sólo por ser mentira sino porque está disfrazada de la mayor mezquindad que podemos imaginar. Por favor, dejemos de darle crédito a este tipo de relatos. Las videoconsolas no arrastran la podredumbre que tenemos en la sociedad, un videojuego no moldea la mente de un niño, lo hace el mundo que lo rodea en su día a día. Lo hace su familia, sus compañeros de clase, sus maestros, lo hacemos todos, no un videojuego. Pero aceptar esto es aceptar la responsabilidad que no todos estamos dispuestos a tener.

Los niños han sido niños siempre, pero los valores transmitidos cuando yo era niña no son los que se transmiten ahora. Y la culpa es de todos, partiendo de la familia y terminando en el tipo de vida que se (nos) vende de la rapidez, del cálculo, de la asfixia, de sostenernos en el aire sin un suelo al que agarrarnos, de mediocridad, de falsedad. Nuestro día a día consiste en ahogar lo poco que podría tener sentido porque nos dicen que es lo que debe imperar; agachamos la cabeza y actuamos como borregos. Eso es lo que ven los niños y eso es lo que hacen, un no parar sin sentido que está consiguiendo que abandonen su infancia antes de tiempo. No es cuestión de que te vean con el móvil en la mano, se trata de lo que hagas con el móvil en la mano. Si, por ejemplo, lo que haces es reírte de alguien, eso es lo que subyace en lo que estás transmitiendo a los demás.

Es, por ello, una responsabilidad repartida y no terminamos de enterarnos que las cosas no nacen de la nada, que la existencia de un ser humano empieza en su primer año de vida, que lo que aprenda de niño hará de él el adulto que tendrá que convivir con los demás. No nos queremos creer el mundo interior que tienen los niños, y que si no se les guía con valores de igualdad, se empieza a destruir su vida y la de los demás. Que tenemos más poder del que creemos en nuestras manos al educar un niño, y que no es algo sin importancia. Que hacer de un niño una máquina (que es en lo que nos estamos convirtiendo los adultos) es una auténtica barbaridad. 

No nos queremos enterar de nada y, mientras tanto, seguimos escuchando en las noticias niños que se quitan la vida (su vida, que debería consistir en aprender a vivir y en sentirse parte de una sociedad en la que tienen su lugar) mientras el resto miramos hacia otro lado porque no tenemos tiempo de pararnos cinco minutos, recapacitar y ver que es ahora o nunca lo que depende de nosotros. Para muchos ya es tarde.

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