Alicia no quería mirarse en el espejo esa mañana. No le apetecía ver la misma cara de siempre, las mismas muecas, la misma mirada perdida justo antes de abrir el grifo y lavarse la cara. No quería, sabía lo que vendría. De nuevo la ropa, otra vez los coloretes, la sombra de ojos y vuelta a la rutina. Nada tenía de especial.

Llegaría al juzgado, tomaría café en la cafetería, miraría el periódico y no se asombraría de nada de lo que leyese.

Ella vivía donde se cocía todo el embrollo que había en el país, ella era testigo de cómo se miraba hacia otro lado ante las injusticias. Pero ella no tenía voz ni voto, simplemente se centraba en transcribir lo que los demás decían. Era especialista en las palabras vacías. Sabía que si cogiese una frase de un juicio que tuviese lugar a las 10 de la mañana y lo cambiase por otra de un juicio de la 1 de la tarde, seguiría teniendo sentido el texto completo. Mucha palabrería sin decir nada.

Mira su agenda antes de salir de la cafetería y ve el orden de los juicios: hoy el día se le presenta movido.

Empieza por unos trabajadores que, por la crisis económica (o eso dijeron los empresarios) se vieron en la calle. Sólo pedían una indemnización justa tras llevarse más de 20 años desviviéndose por un proyecto que no era el suyo, un sueño que no era el suyo, pero que les ayudaba a llevar una vida con más pena que gloria pero vida al fin y al cabo. Cuando te desvives por un sueño que no es el tuyo la frustración aparece en cada esquina y esquivarla es un trabajo que sólo el que lo sufre sabe lo que es. Y eso es lo que se veía en la cara de aquellos hombres y aquellas mujeres, frustración. Pero Alicia, sin levantar la cabeza de ese aparatejo infernal, transcribe todo lo que se dice en la sala siempre que el juez no diga lo contrario. Se acaban las alegaciones.

Tenemos un descanso y entramos de lleno en el segundo juicio.

Durante el descanso Alicia vuelve a la cafetería donde tienen puesto el televisor y están retransmitiendo un programa de esos donde vierten juicios sin tener idea de nada, donde los “todólogos” dan rienda suelta a su imaginación y a su desvergonzonería. Sabrás el canal dependiendo de quien está sentado en la mesa. La ideología también se compra, por si tenías alguna duda. En el programa sale un hombre que tendrá que entrar en prisión por haber robado una bicicleta; han pasado 6 años desde que lo hiciera. Ahora es un hombre con una familia, consiguió un trabajo que los mantiene a flote pero deberá ingresar en prisión por llevarse una bici. Alicia empieza a temblar, ¿a qué clase de sistema presta sus manos todos los días?

Se acaba el descanso y vuelve a su máquina.

Entra un individuo con traje y corbata. “Esto promete”, piensa Alicia. Se trata de un alto cargo del ayuntamiento de la ciudad. Por lo que dicen en la sala, y ella se limita a transcribir, había desviado fondos. Cruce de acusaciones que ponen a prueba las pulsaciones que tuvo que pasar en la prueba de mecanografía. Comentarios con ironía, guiños entre unos y otros, el juez sin hacer mucho caso. Alicia se acuerda de la cara del chico que robó una bicicleta hacía 6 años; pierde el hilo de lo que dicen en la sala, lo retoma, le vuelven a temblar las manos.

Respira.

Levanta la mirada aunque no debe y ve una sonrisa, la del acusado hacia el juez a la vez que  éste le devuelve la sonrisa y lo acompaña de un guiño. Dura segundos pero ella lo ha visto y no se le olvidará, ¿se pueden transcribir miradas? ¿Tendrían peso en un juicio? Claro que no, qué tontería.

Ahora tiembla pero de rabia. Nada puede hacer, sólo mover sus dedos al compás de las palabras.

Continúa.

Recuerda las lágrimas de la mujer que vio a primera hora de la mañana, aquella que se perdió la infancia de su hijo por trabajar por el sueño que no era suyo durante 20 años, el mismo sueño del que era prescindible y se lo hicieron saber.

Alicia vuelve a temblar. Pierde el control de lo que escribe.

Es su momento; toma una decisión: se levanta y sale de la sala. Piensa que ese vuelco de su corazón es la única forma que ella tiene, en ese preciso instante, de quitarle la venda de los ojos a la Justicia. En ese momento no piensa que no servirá de nada. 

Se limita a cerrar la puerta de la sala ante la atónita mirada de todos.

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