El de ahora no está lleno de orgullo y satisfacción, tampoco posa con trofeos de caza.

El de ahora es el lavado de cara de la monarquía española. Es el niño preparado de España,  el yerno perfecto para las madres con solera de España, el que sacrificó su vida por los españoles en colegios extranjeros, en escuelas militares, el de la sonrisa perfecta. Ahora sí cree vender la imagen de familia perfecta. Sus padres nunca lo hicieron, ni siquiera se miraban y eso provocaba habladurías. El de ahora no quería eso, quería dar la imagen perfecta, por eso se casó por amor (dicen), y tuvo sus dos hijas sacadas de cuento de Disney montando, al fin, su castillo encantado.

Lo tenían todo, palacio, princesas rubias y educadas, una mujer que daba la imagen de mujer del siglo XXI, toda su familia parecía enlazarse a la era que le tocaba reinar. Ahora sí, diría. Un concepto nuevo de monarquía creía que venía de su mano. Sus paseos por Mallorca en verano, ellos cogidos de la mano, las hijas correteando alrededor, cabeza alta y gritos de la gente: parecen nuevas estrellas de Hollywood.

Pero se equivocó al creerse diferente de su padre. No contaba con el cortijo podrido que le dejaban, no contaba con la mierda que la Zarzuela sacaba por las ventanas. Las desavenencias familiares, la desfachatez de su hermana y su cuñado, el estado ausente y patético de su padre. No contaba con su madre retirándose de todo, lavándose las manos al estilo de Pilatos, parece estar cansada, y el haber dejado de usar la laca a diario está liberándola de la losa española. Dentro de poco la veremos en las islas griegas con un vestido blanco y gafas de sol.

El país por el que juró, cuando su padre sumido en la vergüenza abdicó, se empezó a caer como un castillo de arena. Su sueño de perfección de verse alentado por las masas, por un pueblo sin quejas, que le aplaudiese a su paso, se desmoronaba por momentos. Ni su perfecta sonrisa ante el espejo le valía, era imposible seguir creyendo en lo que intentaba vender. Un país lleno de remiendos poco aguante tiene; un reino que se ha convertido en el caos absoluto, con un gobierno rastrero, con los juzgados llenos de ladrones con corbata que van cayendo día tras día, tiene contado sus días. También le viene el descrédito de su familia alentado por su hermana, su cuñado y su padre como cabezas de cartel; el descrédito de la monarquía y de la política española.

Se acuerda de su padre, y hace lo que le enseñó hacer por mucho que pensara que no se parecería a él cuando fuese rey: mantenerse al margen. Es su momento de ver cómo todo se derrumba sin abrir la boca. 

Su palacio de ensueño peligra, su paseo por las estrellas, su saber estar. Su vida ha estado centrada para este momento y ahora parece tambalearse. El vacío viene para todos y a todos nos llega, y la desesperación también.

Si no quisiera ser como su padre y acabar comido por la vergüenza a la vejez como le terminó pasando, si de verdad quisiera que el país por el que juró lealtad diese un paso adelante y empezase a salir del pantano en el que está sumido, cogería sus maletas y saldría de la Zarzuela junto a su familia perfecta. Sólo de esta manera renovaría y sorprendería. Esa renovación no es cuestión de preparación, es cuestión de vergüenza. 

Sólo así le haría un verdadero favor al país por el que creyó empeñar su vida.

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