Cada día tenía un nombre nuevo, no se sentía atado a una identidad. Como leyó en un libro el día que fue profesor de Filosofía, ningún “yo” acompañaba a sus pensamientos. Había una fisura por la que se le escapaba esa unidad que el resto de seres llevamos con más pena que gloria.

Él (¿cómo lo podríamos llamar si no responde a ningún nombre?) se levantaba e ideaba cómo sería su vida, cómo conseguiría comer, qué haría cuando cayese la noche. Pero no sólo lo ideaba, al fin y al cabo todos soñamos al despertar con lo que nos puede deparar el día, pero él lo llevaba a cabo: vivía tal y cómo quería (quizás lo podríamos llamar héroe).

Vivía solo pero no siempre había sido así. Una vez estuvo casado, Mariana se llamaba ella. Se casaron, como no podía ser de otra forma, en Las Vegas. Él era rockero, ella una famosa bailarina. El principal problema del matrimonio fue, con el paso del tiempo, el baile de identidades. Mariana se podía despertar un día al lado de un famoso abogado, otro día al lado de un bibliotecario y algún que otro día al lado de nadie. Sí, al lado de nadie porque había mañanas en las que él no quería ser nadie, se arremolinaba en las sábanas y no daba señales de vida hasta el día siguiente. Y como entenderéis, por muy dispuesto que se esté, esto es difícil de soportar. Para él, Mariana era una conformista. Pensaba que crearse una identidad nada más nacer, casi impuesta y llevarla como una carga hasta el último suspiro mermaba a la humanidad. No lo entendía y no lo quería entender.

Cuando era niño lo achacaban a la imaginación, un día era un bombero, otros un policía, otros un veterinario o un maestro de escuela. A sus padres le resultaba gracioso y nunca le hicieron ver quién era en realidad.

Porque, ¿quién era en realidad? ¿Cómo podía vivir bajo un techo sin una profesión, sin una forma de conseguir dinero? Si cada día era una persona diferente, si no existía continuidad en su vida, ¿cómo pasar desapercibido en el día a día de una ciudad? Mariana intentó averiguarlo.

El primer intento fue una mañana en la que él aseguraba ser piloto de avión. La historia de cómo consiguió su casa estaba relacionada con la compañía para la que trabajaba. Tenían casas preparadas para sus trabajadores, “De hecho – decía- todos nuestros vecinos son de la industria de la aeronáutica, ¿no te habías fijado? ¡Vivimos en un barrio de altos vuelos!” y se iba riéndose feliz de su falsa ocurrencia. El resto de intentos tuvo el mismo resultado, una historia inventada dependiendo de quién la contaba.

A Mariana al principio le despertaba curiosidad, le parecía divertido irse a dormir con una persona y no saber al lado de quién se levantaría. Durante los primeros años le seguía la corriente, le parecía un juego y se divertían viviendo diferentes vidas. Pero ella al mirarse al espejo reconocía a la Mariana de siempre, a la niña criada en la granja de sus abuelos a las afueras de la ciudad, se reconocía la cicatriz que tenía en la frente desde el día que corriendo tras una gallina cayó de bruces y se hizo una herida con una piedra del camino que la llevaba diariamente al río. Se reconocía día tras día, sabía quién era y cómo había llegado donde estaba, pero cuando se acercaba a él se mimetizaba con la vida que había construido para ellos ese día. Mariana era enfermera, trabajaba en el hospital de la ciudad por lo que el desconectar y ser la mujer de un famoso escritor (por ejemplo) al llegar a casa le parecía una buena forma de ponerle fin al día.

Todo fue divertido hasta el día en que tuvo que comunicarle a un conocido guitarrista que estaba embarazada. La cara del guitarrista cambió. Le dijo que no podía hacerse cargo de un niño, que las giras mundiales iban a impedir que le pudiese dar la vida que merecía. Este fue el único momento en el que Mariana sentía que él le decía la verdad. Dos adultos podían vivir su fantasía, pero un niño cambiaba la situación y eso los dos lo sabían aunque él lo hiciera a su manera; si no era capaz de sentir su propia identidad, cómo marcar la de otro ser humano.

Así que Mariana decidió abandonar aquel campo de mentiras y enfrentarse a la realidad que había fuera de aquellas paredes y de centrarse en su cicatriz. Volvió a aquella granja donde siempre la habían esperado. Nació un precioso niño, con los mismos ojos azules de su padre, con su misma sonrisa pero fue un niño sin ganas de soñar. Pero esta historia será contada en otra ocasión.

Una vez que Mariana se fue, él pasó varios días siendo nadie. Su compañera de juegos se había ido y, de alguna manera, había perdido las ganas de seguir pero ya era demasiado tarde para abandonarse. Era demasiado tarde porque no había nada que abandonar. Cuando el resto de seres humanos nos sentimos tristes y sin ganas de avanzar, tenemos un camino marcado del que nos queremos salir. Pero no era su caso, no venía de ningún sitio y no iba hacia ninguna parte. El recuerdo más lejano que tenía era el primero que se le había pasado por la cabeza al abrir los ojos ese día y de esa manera no había recuerdos que ahogar, no había nada por lo que llorar. Simplemente tenía ganas de ser nadie y así pasó varios días, lo que para él fueron años.

¿Quién fue? Nunca lo sabremos, sólo Mariana se asomó a su verdad una vez durante 40 segundos. Fue la única vez que abrió esa ventana en sus ojos y ella estuvo ahí para verlo pero tampoco fue capaz de describirlo; vio una especie de miedo y resignación pero que ella era incapaz de descifrar y relacionarlo con la vida que llevaban. No había continuidad, era imposible de hacer un relato de lo que vio y sintió. Era un vacío lleno de algo indescriptible.

¿Quién llegó a ser? Tantas personas como días vivió. Aprendió a reír y a llorar de tantas maneras, tuvo tantos anhelos y tan diferentes que llegó a ser todos y nadie a la vez.

El día que murió había decidido ser marinero. Salió camino del puerto, subió en un barco que había encallado, soltó amarras y se adentró en el mar. Nadie lo echó de menos, nadie supo que había desaparecido hasta que encontraron el barco meses después en un lugar perdido. No llevaba identificación, no supieron si tenía familia, si debían llamar a alguien para decirle que había aparecido su cuerpo. La policía no supo qué hacer, así que acabó como otros tantos sin nombre en una fosa de un cementerio cualquiera.

Un entierro de nadie que amó, lloró, disfrutó y vivió mil y una vidas.

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