El sentimiento de vencimiento de los domingos por la tarde. Darse por vencido por ti, por ellos, por el mundo. Pocas cosas pesan más que las tardes de domingo de verano. Los 40 grados dan paso a un hastío que lo único que hace es avecinar, de la forma más cruel posible, la llegada del lunes, la vuelta a la rutina. Vuelta a la rueda que no se para. El paréntesis del mal llamado fin de semana sabe a poco. Digo mal llamado porque nunca es un fin, es una bajada de revoluciones que vuelve a incrementar en el momento en el que suena el despertador el lunes a primera hora.

Y así seguimos, mientras el mundo se desmorona por todos sus rincones y la desvergüenza toma las calles, sentimos la losa de la tarde de domingo y sólo nos hace constatar lo que ya sabíamos: no hay quien nos salve de esta.

No existe salvación para nadie, incluso los que gusten de aferrarse a su dios, tampoco él os va a ayudar, ya dijo que descansaría los domingos. Son los días malditos, hagamos lo que hagamos y creamos lo que creamos.

Estamos ante una especie de oasis en medio del desierto, algo que nunca alcanzas porque la sed te está minando y eres consciente de ello; eso es el paso de la semana.

No se trata de días laborales o no, se trata de sentir el peso del tiempo y que nada cambia.

La desvergüenza sigue campando a sus anchas por la calle, el sinsentido va de su mano tan tranquilos.

Y nosotros seguimos hundidos por el peso del domingo.

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