Todos hemos tenido buenos y malos profesores, ya fuese en el colegio, instituto o facultad. ¿En qué se parecen casi todos los malos profesores? En que no les gusta enseñar, sólo es una forma de ganarse la vida, pero no son conscientes de que en sus manos está una de las armas más poderosas que existen en este mundo (y no, no son armas de destrucción masiva, que ya me veo al trío calavera bombardeando colegios. Que no cunda el pánico).

Yo podría destacar en mi vida dos buenos profesores (de los malos no quiero acordarme ahora). Por desgracia creo que los malos ganan, la honradez no está de moda ahora ni nunca lo ha estado. Uno de los buenos fue el último maestro que tuve en el colegio. Recuerdo la pasión que le ponía a todo lo que hacía, disfrutaba enseñando, pero no lo hacía desde ninguna atalaya del conocimiento, simplemente se divertía y enseñaba a la vez que aprendía. Luego pasé por el instituto que suele ser la época en la que los profesores marcan más, no fue mi caso. Pasé sin pena ni gloria por esta etapa. El segundo profesor del que os hablaba me dio clase en la carrera. Alguien que de verdad creía (y supongo que sigue creyendo) en la Filosofía y lo que es más importante, confiaba en que lo que estaba haciendo era bueno. Era emocionante (al menos para mí lo fue) verlo dar clase. Los mejores maestros no son los que te enseñan contenidos sobre algo, sino que te enseñan a creer en lo que haces y eso sólo lo puedes enseñar si lo sientes.

Sobre todo esto va el último libro de Rafael Reig “Señales de humo. Manual de literatura para caníbales I”.

He leído varias reseñas mientras leía el libro (error mío probablemente) y casi siempre lo describían como un paseo por la historia de la Literatura a lo que yo negaba con la cabeza. No ha sido así para mí. Es verdad que utiliza la Literatura como el eje central, el que forma la columna vertebral del libro, pero un cuerpo no vive sólo gracias a los huesos. Creo que va más allá.

Aprendes sobre historia de la literatura con el libro, claro que sí, no lo voy a negar. Te habla de grandes clásicos casi en primera persona, lo cual te lo hace dinámico, pero sobre todo te habla del entusiasmo a la hora de enseñar. No se trata de ver la literatura como una materia separada de la vida, se trata de vivirla.

El personaje central, profesor de literatura (uno de los buenos) en un instituto, tiene varios momentos de lucidez que consigue erizarte la piel. En ellos no está hablando de Lope de Vega o de “El Lazarillo de Tormes”, habla de cómo vivir a través de la literatura:

«Escribir y leer son actos políticos, forman parte de esta lucha tan interminable como desigual».

No sólo nos enseña el origen de las jarchas o de los romanceros, también nos enseña la brutalidad de la costumbre en otro maravilloso párrafo donde el profesor le habla a sus alumnos a sabiendas de lo que habla.

Entrelaza el Renacimiento con la capacidad de decidir el “Capítulo 31 de nuestra vida” y por ello con la carga de nuestra propia frustración: «¿Quién no transporta dentro de sí las ruinas de otro hombre?».

Martín, que así se llama el profesor, hace un canto durante todo el libro al amor a la literatura, a la importancia de escribir y leer. Pero lo hace sin perder de vista la empatía, sin olvidarse de lo que late bajo las palabras, de la real importancia de las palabras. Ya lo comentaba en la última entrada del blog, estoy enamorada de la palabra en sí y puede que ese sea el motivo por el que he disfrutado tanto con este libro. Pone palabras a ese amor por la palabra de forma magistral, algo que no es sencillo sin que suene a vacío y a charlatanería barata.

Me ha hecho reír, he sentido pena, y he dicho en voz alta más de una vez “esto es genial”.

No sé si leerás esto, pero gracias Rafael por hacer que nos podamos reconciliar un poco con este mundo mediante libros como este. Como dice Martín «La guerra no ha terminado».

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