Hay días que pesan. No tiene que haber una causa, no tiene que haber pasado nada, simplemente pesan. Pesan las horas, pesan los pensamientos, pesa lo que ves, pesa lo que oyes.

Y necesitas quedarte en silencio y en soledad, que nadie entre en tu pequeña parcela, que se respeten los límites. No es fácil entender para el que no está en esa situación o que, simplemente, no disfruta de la soledad. Para ellos debe haber una causa, pero no la hay. Sólo te pesa el tiempo.

Paradójicamente, se cura con tiempo.

Un día te levantas y ese peso se ha hecho más llevadero, y el trato con lo que nos rodea se vuelve más liviano, pero no dura para siempre. Llega el día en que vuelve a no pasar nada, pero vuelves a necesitar tu espacio.

Y te molesta que te hablen, sea lo que sea. Y te enfadas contigo mismo porque te molesta el simple hecho de que te hablen y rompan tu burbuja. Sabes que no todo el mundo lo comprende, y que no tienen por qué comprenderlo, pero te quedas anclado.

Igual en eso consiste todo, en rodearte de personas que respeten el silencio y que tú consigas respetar el silencio de los demás.

Probablemente esté pidiendo demasiado en este mundo de prisas, en este mundo donde no se escucha, simplemente se impone.

Poco respeto cabe en nuestro ahora. Da igual lo que otro necesite o esté gritando en silencio; no nos paramos a escuchar.

Y así nos va.

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