Vengo a escribir sobre la muerte. Algunos ya han cerrado la pestaña, otros han resoplado y sólo algunos habéis llegado a la segunda fila, ¿por qué? Porque es un tema que no gusta, a mí tampoco. Es algo de lo que evitamos hablar, puede que por un sentimiento de inmortalidad absurdo y sin razón de ser, ya que es lo único cierto en esta locura de mundo, que todos moriremos. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptarlo? ¿Por qué le tememos tanto? Supongo que porque no lo conocemos, porque se escapa a nuestro poder de decisión, porque es lo único que nos recuerda lo poco que somos realmente, y lo más fácil es mirar hacia otro lado.

Estos días he estado viendo una serie de documentales que hablaban del tabú de la muerte. Jon Sistiaga es el guía de este, podríamos decir curioso, experimento. Y lo llamo experimento porque alguien que hace este tipo de televisión, imagino que nunca podrá tener certeza de que alguien que tenga un rato libre para ver la televisión preferirá ver un documental que le recuerde que no es nada (y que a la vez lo es todo) o ver cualquier otro tipo de programa más ameno.

Sea como sea, y a mí que lo ameno me llama poco la atención, me metí de cabeza en esto.

No sé si es casualidad que haya sido en esta semana cuando lo he visto, pero la realidad es que hay veces que creo que he dejado de respirar. En el primer episodio creo que fue la primera vez que dejé de respirar. ¿Qué se le responde a una persona que te dice que se va a quitar la vida “el jueves”? Me pongo en la piel de Jon Sistiaga y, realmente, no sé de dónde ha sacado el valor para hacer esto. Está lleno de entrevistas que cualquiera no es capaz de hacer. A todos se nos remueve el estómago ante un testimonio así. ¿Cómo mantenerte al margen? No estás ahí para juzgar, sólo para escuchar, pero creo que instintivamente saldrían palabras de apoyo hacia una persona que te dice que no quiere vivir y que tiene planeado dejar de hacerlo. Pero no ocurre así en esta entrevista, ni en ninguna a lo largo de todos los episodios, creo que es madurez profesional lo que se necesita. En mi humilde opinión, eso demuestra lo que es un periodista, ahora que tan de moda está el manual del buen periodista. Creo que esto es periodismo, más que ser capaz de sentar a tres políticos en la misma mesa y hacer de ello un circo. Que cada cual lo coja por donde quiera. No sé cómo lo viviría Jon Sistiaga, pero esa entrevista a los pies de una montaña perdida de Suiza, movió mis cimientos, creo que nunca he visto algo igual y dudo que lo haga.

Se escuchan testimonios que te ponen la piel de gallina, que te mueven, que te cortan la respiración y, algunos, que te hacen sonreír. Personas que no quieren vivir, otras que se aferran a la vida, otras que sufren, que lloran, que echan en falta y que buscan motivos donde no los hay y nunca los habrá.

Conmueve ver cómo una desconocida le acaricia la mano a una mujer que acaba de abrir un gotero lleno de veneno que, en cuestión se minutos, acabará con su vida. Conmueve y te hace plantearte la naturalidad de la muerte, eso que sólo le pasa a los demás. Cómo vivir la muerte, en eso consiste este programa.

Como se llega a decir en uno de los capítulos, no es cuestión de tratar a un suicida como un valiente o como un cobarde, sólo es una opción de vida (o de muerte). No es cuestión de juzgar. Quién eres tú o quién soy yo para juzgar lo que siente nadie. Una de las entrevistadas dice “volver a sentir es sufrir”, y quién soy yo para decirle lo contrario. Nadie, no soy nadie. Pero aunque no soy nadie, me costaría mantenerme al margen. No tengo esa templanza.

El sufrimiento del antes, la despedida, la muerte, el descanso o el duelo son los aspectos que tocan en los distintos capítulos, todos desde un punto de vista terriblemente natural. Cuesta ver cómo unos padres hablan de su hija que con apenas 17 años decidió suicidarse. Y lo hacen, lo hablan desde el dolor, pero una vez más, desde la madurez; puede que la palabra con la que resumiría estos capítulos sería la de madurez. Se podría abordar desde lo trágico, desde el amarillismo o desde la fatiga, pero no es el caso. Lo hacen desde la serenidad, desde lo natural.

El último episodio puede ser el más conmovedor porque cuesta ver el convencimiento de alguien que quiere morir y lo prepara todo para decir adiós. Preparar los detalles ya que no se trata de algo repentino. Para él es algo más que meditado, razonado, es un querer, no es una locura momentánea. Y vuelvo a lo mismo, ¿quién le dice si está bien o mal lo que está haciendo? ¿Quién le dice si es egoísta o no decidir qué canción quiere que suene en su funeral, si es mejor o peor persona por pedirle a unas amigas que pongan una foto en su despedida? ¿Quién tiene las agallas de juzgar algo así? No sé vosotros, pero yo no.

Es duro, no os voy a mentir diciendo lo contrario. Pero también os digo que merece la pena, que merece la pena que invirtáis algunas horas en verlo. Al fin y al cabo es la realidad que nos rodea y que, desde niños, intentamos silenciar y nos silencian.

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