Decía Zweig de él que era quien mejor conocía el alma humana. Yo diría que es quien mejor ha sabido escribir las miserias de los seres humanos, pero no cualquier tipo de miseria sino la que realmente da miedo, la miseria que todos vemos cuando nos ponemos frente a un espejo.

Hoy, que es su aniversario, estoy leyendo citas de muchos escritores recordando a Dostoyevski, también he leído una de Borges diciendo: “Como el descubrimiento del amor o del mar, el descubrimiento de Dostoyevski marca una fecha memorable en nuestra vida” y no sé vosotros, pero como no hace tantos años que lo descubrí, sí que recuerdo el momento en el que abrí un libro suyo por primera vez.

Al empezar a estudiar Filosofía, como ya he contado en alguna ocasión en el blog, no estaba muy segura de lo que estaba haciendo ni tampoco estaba muy ilusionada. Pero tenía una amiga que sí le hizo especial ilusión, todavía sigo sin saber por qué, y más que a ella a su padre. Así que este señor, con el que pocas palabras he cruzado en mi vida, me dejó algunos libros que tenía en su casa. Los libros estaban amarillentos, se veía que hacía décadas que los había leído. Recuerdo que mi amiga apareció una mañana con “Más allá del bien y del mal” de Nietzsche, “El capital” de Marx, un libro de cuentos cortos de Tolstoi y “El sueño de un hombre ridículo” de Dostoyevski. Alguno ya lo había leído, pero no quise hacer el feo así que me los llevé todos a casa y los arrinconé. No era un momento en el que quisiera leer aquello, estaba preocupada por un futuro que desconocía y que de alguna manera quería controlar. A las semanas los vi y abrí “El sueño de un hombre ridículo”. Imagino que sonaría un poco fantástico decir que ese libro me cambió la vida porque no es verdad, no lo hizo, pero sí me hizo recapacitar sobre el momento que estaba viviendo, me ayudó a salir de la burbuja en la que todos estamos con 18 o 19 años cuando nos creemos diferentes del resto. Me sacó de golpe de ese mundo y vi que al final todos somos iguales, todos nos enfrentamos a miedos, a nuestras miserias y salimos airosos (unos más que otros). Vi que no había nada que controlar, que no había futuro que intentar buscar.

Esa fue mi primera cita con el autor ruso. Pronto llegó el resto, ya que puedo decir que me enamoré: “Crimen y castigo”, “Los hermanos Karamazov”, “El idiota”, “Apuntes del subsuelo”, etc. Me interesé por la persona que estaba detrás del escritor, lo estudié y lo sigo haciendo. Me parece que es alguien de quien nunca dejaré de aprender y eso es lo que más me mantiene en vilo con él y con todo en general. Aprender. La crudeza que representa, la sencillez, el amor que pone en las palabras, el dibujo de su tierra que él sabía casi inerte, la desilusión, la esperanza…

Hace algunos meses hice una especie de, llamémoslo, articulo en el que comparaba dos obras de mis dos autores por excelencia, Kant y Dostoyevski. Siempre pensé al leerlos por separado que, de alguna manera, estaban en las antípodas el uno del otro, pero después de estudiarlos juntos vi que no eran tan contrarios, que se cogían de la mano más de lo que parecía. Y el punto de unión era la esperanza; eran las dos caras de una misma moneda. Llegaban por caminos distintos, pero terminaban por encontrarse. Dostoyevski no es sólo quien mejor retrata las miserias, también es quien mejor le escribe a la esperanza.

No es ninguna sorpresa si digo que “El sueño de un hombre ridículo” se convirtió en mi libro de cabecera, que he perdido la cuenta de las veces que lo he leído y que acudo a él cada vez que dejo de creer un poquito en la humanidad (cosa que últimamente ocurre con frecuencia). No me cansaré de recomendarlo.

“Soy un hombre ridículo. Ahora ellos me llaman loco. Y eso podría haberme supuesto un ascenso de grado, si no me siguieran considerando igual de ridículo que antes. Ahora no me enfado y todos me parecen simpáticos; incluso cuando se burlan de mí siguen de algún modo pareciéndome especialmente dulces. De buena gana me reiría con ellos –no ya de mí, sino por afecto hacia ellos- si no fuera por la tristeza que siento cuando los miro. Y me siento triste porque ellos desconocen la verdad, y yo sí la sé. ¡Oh, qué difícil le resulta a uno conocer la verdad! Pero ellos no lo entenderán. No, no lo entenderán”.

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