A nadie le sorprende que los andaluces acarreemos más penas que glorias. Nadie se sorprenderá si digo que Andalucía está apuntalada desde Almería hasta Cádiz, pasando por cada una de sus provincias. No, a nadie le sorprende que los comedores sociales en Andalucía (como los de media España, imagino) estén llenos a todas horas. Tampoco estoy descubriendo nada nuevo si hablo de las listas de espera de la Seguridad Social. Menos sorprendo aún si nombro las tasas universitarias de la Universidad pública o si digo que los profesores andaluces tienen una carga lectiva que sobrepasa a cualquier ser humano desatendiendo las necesidades de los alumnos. Aunque tampoco sea nada exclusivo del sur de España.

Pero también me gustaría no sorprender a nadie si digo que Andalucía es una tierra que empieza a abrir los ojos a las 5 de la mañana para salir al campo a faenar y llenarse de tierra hasta las cejas. Tampoco me gustaría sorprender si digo que, dentro de nuestras posibilidades y de lo que nos permiten, ponemos en pie una tierra medio seca y medio muerta. Igual os sorprende, espero que no, el saber que el esfuerzo de los andaluces para salir adelante no es cualquier cosa.

Igual sorprende a personas como Cifuentes, que tiene el temple de decir que los madrileños están pagando 3.000 millones de euros para que los andaluces tengamos “sanidad, educación y demás”. Igual se sorprende si le digo que yo, andaluza desde la cabeza hasta los pies, tengo educación, probablemente más educación que ella y sin su ayuda. Que la tengo gracias a la ayuda de mis padres, que desde que tengo uso de razón me enseñaron lo que significa la palabra honradez y vergüenza. Igual se sorprendería si supiese que yo, como otros muchos andaluces, trabajo todos los días y pago mis impuestos para que, a este lado de Despeñaperros y al otro lado también, podamos disfrutar de una sanidad y una educación que no nos haga llorar y podamos sobrevivir, repito, a éste y al otro lado de Despeñaperros. También le puedo decir a Cifuentes, y a todo político que piense como ella, que no me levanto a las 7 de la mañana para pagarle coches, trajes y cenas en restaurantes y hoteles de lujo a los corruptos de su partido político, sea el que sea.

Por otra parte tenemos a Dolors Bassa diciendo que los niños que esnifan pegamento en Barcelona son andaluces (vaya semanita lleváis, amigos). Cuando lo leí no sabía si reírme u ofenderme, y de hacerlo, no sabía si ofenderme por sacar de nuevo a relucir a los andaluces, o por tener la desvergüenza de utilizar una situación así como arma arrojadiza. Realmente lo mejor es hacer oídos sordos a ese tipo de comentarios, lo sé, ya que al final no hacen más que alimentar tópicos y crear más diferencias de las que somos capaces de soportar. Pero no siempre es posible hacer como si no hubiese pasado nada, y no es posible porque ser el centro de insultos sin fundamento (y sin sentido) continuamente termina cansando y, tarde o temprano, te hace sacar las garras.

Cifuentes, ojalá tuviese usted la mitad de decencia de la mayoría de los andaluces, de esos que son los que mantienen Andalucía, de esos que sacan adelante a sus familias con sus manos, de esos que tienen la educación que le falta a usted, y de esos a los que no les tiembla el pulso por pedir ayuda si lo necesitan.

Porque, igual le estoy descubriendo la panacea universal, en eso consiste eso que llamamos  ser humano, Cifuentes: en recibir, en dar y en ayudar. Sobre todo en eso, ayudar, porque nunca se sabe en esta vida cuándo vas a necesitar que otro te ayude a ti. Hoy que es el día mundial de la Filosofía déjeme que le recuerde el imperativo categórico kantiano:

«Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza»

No sea tan soberbia, Cifuentes, que todo lo que sube baja, o como se dice en mi tierra: no se debe escupir hacia arriba porque te puede caer encima.

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