Estos días he estado leyendo el último libro publicado de Imre Kertész. Creo que en alguna ocasión he escrito algo por aquí de lo único que había leído de él: Sin destino. La cuestión es que aquél libro, guste más o menos, no deja indiferente. Hablaba del Holocausto con una serenidad y con un distanciamiento que sobrecogía. Hace unos meses vi que publicaban en España su último libro, meses después de morir, y me hice con él: La última posada. No sabía si se trataba de una novela, como Sin destino, pero el caso es que sí lo es y no lo es. No es una novela al uso, ya que narra sus últimos años, pero ni siquiera él es capaz de separar lo que narra de una novela. Entre sus líneas vemos la decadencia humana, su decadencia. Pero sobre todo vemos la lucha de un escritor, que vive y se siente escritor, por sobrevivir en un mundo que no entiende y que sólo la escritura lo salva.

Hoy que cualquiera puede escribir (y publicar) un libro, hoy que cualquiera se sabe escritor y se considera como tal (no tiene más que ponérselo en el perfil de cualquier red social para que empiecen a llamarlo escritor), hoy que esta profesión (o forma de existir) está tan ninguneada, viene este libro que es un canto a la dignidad del escritor.

Narra sus dolores, su fatiga, el absurdo, la incapacidad de salir de la cama…y a pesar de ello no deja de pensar qué escribir, cómo escribirlo y cuándo hacerlo. Dice que se escribe “como si” existiese un motivo para hacerlo, pero que no lo hay, que aquí sólo reside lo absurdo.

«Todo cuanto creó lo debió a la soledad, dice Kafka en algún sitio (en varios incluso). Sufro. ¿Merece la pena “levantarse de un salto de la cama” por una buena frase, por un pensamiento? Todavía sí. (Y mientras merezca la pena durará mi vida. Son exactamente las seis de la mañana. Me arden los ojos)»

Quizás por escribirlo en el final de sus días, cuando pocas cosas le quedaban por ver, después de haber sobrevivido a los campos de exterminación, después de haber salido de su tierra por sentirse fuera de lugar, después de encontrarse perdido en un sinsentido en el que sólo la etiqueta de judío lo separaba de los demás (como ya le pasara en la Alemania nazi), sólo el sentirse escritor lo mantenía a flote, antes y después.

Descreído y desencantado de todo y de todos, inmerso en el absurdo de Camus, sabe que poco le queda por hacer.

Reflexiona sobre la vida pero sobre todo de la muerte. La mira desde la cercanía que sólo la vejez y la decrepitud es capaz de mantener. Sólo desde ahí se puede mirar de frente al fin de la existencia de uno mismo, sólo desde ahí se puede sentir.

«El niño no cree en el mañana como tampoco el moribundo»

Respecto al Holocausto, tras estar toda su vida señalado como “el superviviente”, está cansado; cansado del desastre y cansado de luchar. Pide a gritos quitarse el cartel, no seguir viviendo con ese cartel en la frente, pasar página. Pide a grito que dejen de considerarlo como el judío de Auschwitz. Sólo al final de su vida consigue decir “he dejado de ser el payaso del Holocausto”. Le dieron el premio Nobel de literatura y, aunque reconoce que le salvó su vida (económicamente), en este libro cuenta el mal que le acarreó dicho premio (que no fue poco). Habla del malestar que sentía continuamente a pesar de los ánimos de sus amigos y familiares. Kertész no era un hombre corriente, sentía por encima de todo y de todos. Daba igual lo que le dijeran, él se sentía el payaso del Holocausto entre tanta ceremonia, entre tanto narrar lo que vivió durante la Segunda Guerra Mundial; todo era un circo y él se sentía el protagonista. Quiso acabar con ello, y sólo al final de su vida, cuando sus manos le fallaban, cuando el ocaso se acercaba, sólo entonces consiguió cierta calma.

«Realmente temo la crónica de la decadencia»

Recomiendo el libro, pero recomiendo que se lea a sabiendas de que habrá momentos en los que cuesta respirar.

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