A veces era cuestión de saber hacia dónde mirar, pero eso Martina nunca lo tuvo claro. Siempre erraba en la dirección a la que apuntaba, o esa era su sensación una vez pasado el tiempo. A pesar de ello, intentaba seguir adelante a veces con ironía y sarcasmo, otras con pena, otras envuelta en una capa de pasotismo.

Pero había momentos en los que necesitaba parar, necesitaba respirar.

Una vez intentó detener el tiempo: es imposible, se decía, no se puede detener el tiempo. Aunque ella sola se contestó que en qué tiempo estaba pensando. Recordó las clases de Filosofía medieval, cuando el sol le tostaba la espalda en el banco del aula mientras un profesor con voz de locutor de radio intentaba encender la pasión de sus pocos alumnos por las cuestiones menos dramáticas del medievo. Recordó el concepto de tiempo en San Agustín, libro XI de sus Confesiones si no recordaba mal: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé, si tengo que explicarlo no lo sé”. Si ni siquiera sabemos explicar lo que es el tiempo, ni el santo ni yo, por qué ponerme impedimentos para pararlo.

Martina cerró los ojos, no sabía si a aquello se le podía llamar “meditar”, pero probablemente fuese lo más cerca que iba a estar nunca de lo que llaman el nirvana.

Intentó parar el tiempo y lo hizo.

Pero obviamente consiguió parar su tiempo, no el tiempo. Cuando pasó aproximadamente media hora abrió los ojos. Miró a su alrededor y no había ni el más mínimo signo de que el tiempo se hubiese congelado, pero ella se sentía mejor. De alguna manera, que desconocía, había enterrado el peso que hacía que le costase respirar con facilidad en los últimos días. No era por nada en especial, y esas son las peores cargas, cuando no hay nada a lo que achacarlo, nada a lo que gritar, nada contra lo que desatar ira, simplemente es un peso que va apareciendo poco a poco y que llega un momento en el que te impide seguir con tu día a día con normalidad. Esa carga había desaparecido. Es como si hubiese vaciado un vaso en un fregadero esperando a ser llenado de nuevo, esperando a que poco a poco las gotas vayan rellenando cada milímetro cúbico del espacio otra vez.

Así se lo imaginaba Martina: un vaso transparente en un fregadero al que le da el sol que entra a través de una ventana de madera adornada por tres macetas con geranios rojos; justo encima hay un grifo con una fuga y gotea poco a poco. Así era su paciencia.

¿Su mayor temor? Que un día el vaso se rompiese, que ya no cupiesen más gotas de agua, que fuese imposible recomponer los cristales y que alguien saliese herido al intentar arreglarlo. No, pensaba. Era su vaso, era su fregadero y eran sus geranios rojos en su ventana de madera. Sólo se le escapaba el sol. Y además había aprendido una forma de vaciar el vaso; sólo necesitaba tiempo para parar su tiempo.

Esperaba que nadie arreglase el grifo; la inutilidad de toda la parafernalia imaginada la asfixiaría. También esperaba que nadie dejase el grifo abierto, porque entonces ni el tiempo ni su tiempo la salvaría de morir ahogada.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s