Pensó que era el fin del mundo, aunque él siempre se había imaginado algo más apocalíptico: que el cielo se tiñese de amarillo, que los volcanes entraran en erupción todos a la vez, que unos bichos llegasen a sobrevolar su cabeza…Pero no, se encontraba en una sala blanca, con un señor delante que acababa de hacer que todo se rompiese en mil pedazos.

El señor, del cual no recordaba ni su nombre, lo miraba con delicadeza. Tenía un pequeño bigote que le daba aspecto de personaje de los cómics de Mortadelo y Filemón que leía de niño. Parecía que, en cualquier momento, aparecería por la puerta Mortadelo disfrazado de zapato y así despertaría de aquella pesadilla con un sabor agridulce. Pero no, no era ningún personaje de cómic, era quien había traído el fin del mundo a cuestas, con ese bigote ridículo había puesto patas arriba la realidad. No había cielo amarillo, ni pájaros con dos cabezas surcando los cielos; sólo había una sala blanca, con una luz blanca y una mirada dulce y compasiva al otro lado de la mesa.

Reparó en la mesa y vio que estaba llena de papeles con letras incomprensibles, varias radiografías, pruebas y un bote de caramelos. Centró su mirada en el bote de caramelos, los había de todos los colores y recordó cuando de niño iba a comprar gominolas y sólo quería las rojas. Si el kioskero se las daba de otro color, él se enfadaba y le gritaba al hombre que, como lo conocía, se reía y entre dientes siempre soltaba un “ay Alonsito, sólo rojas, pareces Carrillo en sus buenos momentos”. Y a continuación le contaba batallitas de cuando militaba en el Partido Comunista, cómo trataba a sus camaradas y cómo se enamoró de La Pasionaria sin que fuese correspondido: “qué mujer…”. Y mientras miraba al frente y se perdía en pensamientos de otros tiempos, Alonso salía corriendo con sus gominolas rojas entre las manos. Sabían a fresa, o lo que para él era sabor a fresas entonces. Con los años aprendió que nada es lo que parece y que las fresas realmente no saben cómo aquellas gominolas que comía de pequeño, pero ya no importaba.

Volvió a la sala blanca y se fijó en los caramelos, concretamente en los rojos. El señor del bigote estaba acostumbrado a reacciones de todo tipo al romper el mundo de los demás en mil pedazos, y sabía que Alonso no estaba allí, que estaba en algún lugar de su memoria. Vio que no apartaba su vista de los caramelos por lo que le ofreció uno que, casualmente, era rojo. Alonso lo miró extrañado, como si aquel hombre que lo veía por segunda vez conociese toda su vida y fuese capaz de leer la mente. Sin pronunciar palabra, Alonso cogió el bote de caramelos y sacó uno amarillo y con un gesto como pidiendo permiso, le quitó el envoltorio transparente y se lo metió en la boca. El sabor ácido de lo que llamaban limón le hizo estremecerse; no sabía por qué lo había hecho, pero de alguna forma sabía que era la manera de rebelarse ante aquel señor del bigote, aquel desgraciado que había dinamitado su día. Se rebelaba contra él, contra su vida y contra Manuel el kioskero. Ya no era aquel niño, y aunque seguía teniendo el mismo miedo ante todo, necesitaba reafirmarse en no sabía qué ni para qué y no se le ocurría mejor forma que hacerlo que con un caramelo amarillo.

El señor del bigote lo seguía mirando, parecía esperar una respuesta por parte de Alonso , pero él no sabía muy bien qué debía hacer, ¿debía llorar? ¿debía romper algo? ¿estrellar la silla contra la pared? Todo le parecía absurdo, sólo necesitaba masticar aquel caramelo o escupirlo para sacarse aquel sabor desagradable de la boca. Mientras tanto seguía esperando que el cielo se pusiera amarillo o que las sirenas de las ambulancias rompiesen aquel angustioso silencio.

“¿Puedo irme ya?” es lo único que atinó a decir, a lo que el señor del bigote asintió, pero extrañado le contestó:

– ¿No necesitas saber nada más?

– Lo esencial me ha quedado claro, es mejor que me vaya.

Lo que no dijo es que empezaba a faltarle el aire, y no era por nada en especial, sino por el calor asfixiante de aquella habitación; la calefacción parecía estar puesta para mantener caliente a los muertos, y él no lo estaba a pesar de la cara de circunstancia con la que lo miraba aquel hombre.

Salió de la sala blanca, pudo descansar la vista de aquella luz fría y estridente. Cruzó tres pasillos de caras largas y desesperación. Si hubiese ido acompañado, pensaría que Dante estaba reescribiendo la visita por uno de los círculos del infierno de mano de Virgilio. Pero no, iba solo y con trozos de caramelo de limón pegados en las muelas; esa era toda su compañía. Al cruzar la puerta miró hacia atrás para asegurarse que no rezaba el letrero “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!” y que no acababa de salir del infierno. No había ningún letrero, sólo una imagen en azulejos de una virgen con un niño en brazos; pensó que no distaba mucho esa imagen del letrero de Dante y continuó andando.

Miró hacia todos lados esperando algún signo que le indicase que el mundo estaba a punto de apagarse, miraba al cielo esperando algún eclipse de esos que queman la mirada, pero no veía nada. Nadie gritaba por la calle por una invasión zombie, sólo un grupo de adolescentes escuchaban una música en sus móviles que bien podría haber valido como signo inequívoco del fin del mundo, pero al parecer sólo lo sentía él si tenía en cuenta la cara de felicidad de aquellos chavales mientras trasteaban los teléfonos.

Siguió caminando hasta que empezó a caer la noche. No quería volver a casa, cuando se vislumbró contándole la tarde que había pasado a ella vio el signo que estaba buscando de que aquello era el fin del mundo; era eso lo que llevaba buscando toda la tarde y ahí estaba, en una conversación, en el desvelar una verdad.

Miró hacia arriba y el cielo no estaba amarillo, tenía un color rosáceo que le decía que el mundo iba a seguir adelante y que los caramelos rojos seguirían existiendo a pesar de que era su tiempo el que se había agotado.

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