Cuando abrió los ojos notó el sol de agosto sobre su cara. Tenía el pelo sobre la frente, y estaba teñido de rojo. Intentó apartárselo pero sólo entonces se dio cuenta de que tenía las manos amarradas a un tronco que estaba sobre el suelo. La angustia se hizo con cada uno de los poros de su cuerpo, quiso gritar pero no le salía la voz.

De repente escuchó que alguien la llamaba, giró la cabeza y vio a un chico de su misma edad (aproximadamente) al otro lado del tronco con las manos atadas también. Era un chico rubio, se parecía a alguno de los actores de las películas que le gustaba ver con sus amigas los sábados por la tarde mientras sus padres iban al cine. El chico tenía el flequillo pegado a la frente debido a la sangre que manaba de una herida en la sien.

-¿Quién eres tú? ¿Qué hacemos atados? – preguntó ella desesperada.

-No lo sé, desperté, vi cómo te golpeaban y te ataban a mi lado.

Ella miró alrededor y pudo ver que estaban en una especie de granja en las afueras de cualquier ciudad, podía escuchar los coches por alguna carretera cercana.

La granja era de madera, y había mucho pasto por todas partes. El sol les cegaba, el calor los sofocaba y el único árbol que había era el que estaba cortado y atado al suelo que servía de anclaje a sus manos. Dentro de la casa se escucharon ruidos y el miedo se apoderó de los dos. Empezaron a forcejear para desatarse, pero todo era en vano. De repente, el chico del flequillo rubio vio una piedra afilada a los pies de ella, le pidió que intentase lanzársela. Después de mucho esfuerzo y mucho patalear sobre la tierra, consiguieron que la piedra llegase a las manos de él y, con más maña que fuerza, consiguió romper la cuerda que lo ataba.

Justo en ese momento, vio la puerta de la granja abrirse; ella sólo vio el pánico del chico en su cara, pero no sabía a qué se debía. Él dudó en salir corriendo, pero recapacitó y la desató mientras que el hombre que había salido de la granja corría hacia ellos como alma que lleva el diablo.

Una vez desatados, echaron a correr en dirección contraria al hombre que seguía corriendo como si le fuese la vida en ello. Cada vez escuchaban la carretera más cerca. Se sentía asfixiada, no podía correr más, él tiraba de ella, pero no podía respirar y se sentía muy cansada. Tuvo que parar y cerró los ojos durante un instante.

Cuando los abrió estaba ante la sombra gigante de una catedral. Sintió miedo y la sensación de que necesitaba huir de alguien; ella estaba escapando de algo o de alguien, lo sabía pero no sabía de qué o de quién. La inercia le hacía correr desesperada, pero tampoco sabía hacia dónde ir. Miro hacia los lados y estaba en el corazón de un barrio gótico en alguna ciudad que no había visto nunca. Ante ella se abrían callecitas estrechas, edificios de un tipo de arquitectura que había estudiado en las clases de arte. Pensó entrar en la catedral, pero sintió que no podía, tenía que salir de allí.

Corrió entre las calles, se cruzaba con personas que la miraban extrañadas, pero en ningún momento pidió ayuda. Sabía que tenía que salir de aquel laberinto y escapar, aunque no supiese por qué. Pasó de una calle a otra y se encontró ante una cuesta empedrada y, arriba, una especie de edificio que hacía esquina. Era un edificio de una piedra de color suave, alto y muy bonito. Algo dentro de ella le dijo que tenía que subir la cuesta y entrar; subió lo más rápido que pudo. Cuando estaba llegando al portón de madera, escuchó a alguien gritar, miró hacia arriba y vio algo que, en cuestión de segundos, deseó no haber visto nunca: una chica con una larga melena negra y un camisón blanco, se precipitaba por uno de los balcones cayendo ante sus pies y el grito cesó. La sangre empezó a teñir las baldosas de la calle. Ella, asustada, se pegó a la piedra de la pared y fue deslizándose por la fachada hasta entrar en el edificio. Había una larga escalera de mármol, de la que colgaban unas cortinas de terciopelo rojo. Empezó a subirlas sin saber por qué razón debía hacerlo ni lo que estaba buscando. De uno de los recodos de la escalera, le salió al paso un señor con una sotana negra, que la sujetó por los brazos y volvió a sentir el terror. Sólo fue capaz de cerrar los ojos sin saber qué sería de ella.

Volvió a abrir los ojos. El sol volvía a cegarla, pero esta vez era un sol mucho más dulce. Ahora se encontraba entre sus sábanas, ¿qué había pasado? Sentía el corazón acelerado, pero pronto se dio cuenta de que sólo había sido una pesadilla.

¿Cómo se puede llegar a sentir tan real un sueño? ¿Qué llevan de nosotros? ¿Por qué le era imposible que sus latidos volviesen a una frecuencia normal?

Solamente esperaba que, cuando cayese la noche y volviese a cerrar los ojos, hubiese desaparecido todo ese mundo de la noche anterior; no quería tener miedo al sueño.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s