«¿Te imaginas que me enamoro?».

Era Martina la que hablaba con su otro yo, con la Martina racional, la Martina que no quería creer. Le gustaba ponerse a prueba, plantearse preguntas que le daba miedo responder.

Sí, esto también tenía que ver con el tiempo. Decían que el amor ralentiza el tiempo. Ella nunca lo vivió así. Tampoco se había enamorado muchas veces, pero las dos veces que lo hizo no sintió que el tiempo se parase, más bien al contrario. No entendía esos lugares comunes. También decían que cuando se es feliz pasa el tiempo más deprisa, ¿en qué quedamos? ¿No es el amor felicidad? “Puede que ahí resida todo”, decía la otra Martina.

¿Cómo se siente el tiempo cuando se está enamorado? Es más, ¿se es capaz de sentir el tiempo? ¿No serán todo idioteces y nada tiene que ver el sentido del tiempo con el amor?

La espera desacelera el tiempo, un buen libro lo acelera; Martina no llegaba más allá de eso, y le daba miedo llegar más allá. 

La que sentía miedo no era la Martina racional; esa sabía que la practicidad era lo único que debía marcar su ritmo. Pero la otra…ay, la otra. A la otra le seguían temblando las entrañas cuando notaba una mirada que esperaba. Seguía sonriendo ante un mensaje, también lloraba cuando Robin Williams buscaba a su mujer dentro de un cuadro pintado por ella…Pero no quería, no quería y no se dejaba. 

Ser dueña de su tiempo. 

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