Nunca he sabido muy bien qué marca los ritmos. Y un claro ejemplo es que siempre llego tarde a todo y a todos. Soy puntual pero sólo cuando sé que alguien me espera. Sin embargo, llego tarde a películas, llego tarde a libros, llego tarde a personas y, a veces, llego tarde a mí misma.

Pero otras veces no es cuestión de tiempo, sino de ritmos.

No es fácil entender los ritmos, y menos en el mundo en el que vivimos. No sólo nos marcan los pasos, sino que también se juzga todo lo que nos pasa por delante de los ojos. “El hombre es la medida de todas las cosas” dijo Protágoras, pero lo que no nos dijo es que se obsesionaría con medir todas las cosas. Y el problema de medirlo todo es que se termina comparando, y ya sabemos que las comparaciones son odiosas.

¿Hay algo más absurdo que comparar tiempos? Existe una especie de celo sobre el que primero llega a algo, y hay pocas cosas con menos sentido. No sé si es el espíritu competitivo que todos adquirimos de pequeños, o se trata de cualquier otra cuestión más “trascendental”. Pero sea como sea, es ridículo.

Hace tiempo escribí sobre los clásicos de literatura, cómo se juzga a los demás por conocer a Machado con treinta, cuarenta o cincuenta años. Al igual que con Machado, pasa con las películas y con todo lo que hacemos en nuestro día a día. “Tú has empezado ahora a volar cometas, pero yo lo hago desde hace diez años”, “¿Te gusta el batido de fresa? Yo lo bebo desde hace veinte años”, “¿Escuchas música clásica? Ahora está de moda, no como cuando yo iba al teatro los jueves por la noche para escuchar a la sinfónica de mi pueblo”. Si lo pensamos un poco, vemos que es muy ridículo intentar competir con todo lo que vemos que alguien hace cuando ha querido hacerlo o cuando ha sentido la necesidad de hacerlo. Es ese absurdo de querer ser el primero y demostrar que se es el primero en ver, escuchar, sentir o vivir. Además denota una condescendencia que deja al aire, entre otras muchas cosas, las carencias que tenemos todos y cada uno de nosotros.

Quizás, si dejásemos a los demás llegar a todo cuando quieren llegar y/o cuando lo necesitan, sería mucho más fácil disfrutar la cantidad de cosas que nos quedan por descubrir.

Si no nos quedase nada nuevo por ver, oír o sentir, estaríamos muertos en vida.

Yo, de momento, voy a seguir a mi ritmo por la vida.

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