Estaba sentado frente al segundo café de la mañana. Tenía en la mano el sobre de azúcar que la camarera le había dejado junto a la cucharilla. Tenía una frase impresa, anónima al parecer, que decía: “No te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella”. Odiaba ese tipo de frases, odiaba todo lo que tuviese tufo a libros de autoayuda y optimismo barato. Le enfadó aquella frase y le enfadó aquel momento. Le enfadó porque estaba cansado de que le dijesen qué hacer, qué sentir, cómo vivir y cómo morir. La frase de aquel sobre resumía muy bien con lo que tenía que lidiar todos los días; amigos y familiares diciéndole que no se tomase las cosas tan en serio pero, ¿alguien se preguntaba por qué se tomaba en serio las cosas? ¿Alguien se había preocupado de intentar entenderle? Sabía que era complejo, que por lo que él estaba pasando era difícil empatizar, pero tampoco lo intentaban. Era más sencillo vomitar frases escritas por alguien que no conoce a los seres humanos sino sólo sus caricaturas.

Ese era uno de los motivos por el que se tomaba tan en serio las cosas, porque todo termina desembocando en las personas que se tiene alrededor, y eso precisa de un tiempo y una responsabilidad que no todos están por la labor de ofrecer.

Seguía cavilando enfadado mientras la camarera le trajo la cuenta, pagó y salió del bar. Tenía que volver a la oficina, pero se apoderó de él un sentimiento de angustia que no le permitía dar ni un paso. La vista se le nubló y recordó las palabras del médico, lo que hizo que la angustia creciese por momentos. Empezó a notar que le faltaba el aire y se fue directo a un banco para sentarse e intentar serenarse un poco. Cuando recobró el aliento, decidió ir al hospital.

-Hola, Andrés, ¿qué ha pasado? – el doctor tenía voz de locutor de radio, y eso le transmitía tranquilidad que era lo único que necesitaba en estos momentos.

-He tenido un ataque de ansiedad, pensé que no podía respirar.

Andrés empezó a hiperventilar de nuevo. El médico se levantó y se sentó cerca de él, le acompasó la respiración y  volvió a tranquilizarse poco a poco…

-¿Qué te ha llevado hasta ahí?

Le daba vergüenza reconocer que todo había nacido de un sobre de azúcar y una frase anónima sin sentido alguno. A pesar de ello se lo contó. Le dijo todo lo que había pensado y el cómo le enfurecía que la gente de su alrededor le dijese cómo tenía que vivir; no eran ellos los que se estaban muriendo, al menos de manera inminente, era él quien lo estaba haciendo, y nadie podía ni debía decirle cómo manejar la situación, ni siquiera decirle si debía manejar la situación.

Desde que se enteró de que le quedaban pocos meses de vida había pasado por distintas fases. Vivió la fase de querer aprovechar cada minuto, de hacer todo lo que siempre había querido hacer y que nunca se había atrevido: puenting, ir a Japón, declararse a la mujer de la que siempre estuvo enamorado, emborracharse hasta perder el sentido, dormir en medio del bosque solo…pero también había pasado por la fase “dejarse morir”. Ahora era consciente del dolor que hacía sentir a los demás con esa actitud, pero también sabía que nadie le iba a poder ayudar y que al final sólo él tenía en su mano la “gran decisión”.

Cuando sabes que vas a morir y se entera la gente de tu alrededor, todos te animan a que no te encierres, que vivas tus últimos días sin importarte nada, que compartas esos momentos con las personas que te importan, y es que es mucho más sencillo convivir con alguien que está pasando por el final de su vida si lo hace riendo y aventurándose de forma despreocupada que hacerlo con una persona con miedo a morir. Llegó a pensar, le dijo al doctor, que la gente le pedía e incluso le imploraba que no se rindiese ni se abandonase lo hacían por ellos mismos y no por él. Quizás el necesitase abandonarse, pero en ese caso parecía no tener el apoyo de nadie.

-Puede que piense que soy muy mal pensado. Que conste que no los culpo. De hecho es probable que yo en su lugar hiciese lo mismo, ¿a quién le gusta estar rodeado de problemas y con la muerte en la espalda? Pero lo único que les pido, y necesito, es que no sienten cátedra sobre mí y mi manera de vivir mi muerte, que no me obliguen a tener que sentirme bien. Prefiero quedarme solo a tener que estar fingiendo hasta mi último día.

El médico sólo pudo decir que intentaba entenderlo, que sabía que no era fácil sentir como él sin vivir como él, pero que intentase pensar en que los demás lo hacían por su bien porque realmente era así.

-¿Por mi bien? ¿Qué bien? ¿No entendéis que aquí no cabe ningún bien, que morir no encierra ningún bien?

Salió de la consulta con la misma sensación que entró; el descontrol lo invadía. Se fue a casa e intentó descansar, pero le fue imposible.

Al día siguiente tenía cita con el psicólogo. Era lo único que aparecía en su agenda últimamente, citas con médicos que no le darían ninguna solución y con psicólogos que tampoco tenían ninguna receta mágica para hacerle sentir mejor. Se iba a morir, esa era la única realidad y era una realidad con la que no sabía cómo bailar.

El psicólogo le solía relajar, simplemente porque lo escuchaba sin más. Le habló del día anterior, del sobre de azúcar, de su visita al hospital y de cómo se sintió en todo momento. Como siempre, lo escuchaba sin mediar palabra. Cuando terminó, el psicólogo le dio la siguiente cita y, mientras escribía la fecha en la cartulina, le dijo que tenía que aprender a canalizar el desasosiego y que le daría unas pautas que debería seguir. Volvió el huracán.

-¿Pero qué os pasa a todos? ¡No quiero canalizar nada! ¡Nada, no quiero hacer nada!

Salió de la consulta con un portazo y con la próxima cita escrita en un papel blanco; lo único que supo en ese momento es que no asistiría ese día porque para entonces ya estaría muerto.

No creía en dios, nunca lo había hecho y pensaba que refugiarse en la religión a estas alturas sería absurdo. Aun así, se dirigió a la iglesia más cercana de su casa. No era desesperación ni desasosiego, como le había dicho el psicólogo, sólo era un sinsentido más.

Entró en la iglesia y vio a dos señoras mayores encendiéndole velas a no sabía qué santos. Vio a un hombre salir del confesionario, por lo que dedujo que era la hora de las confesiones. Se arrodilló y sin dar tiempo al Ave María, Andrés de forma seca dijo:

-Quiero matarme.

El párroco le preguntó el motivo por el que querría alguien cometer tal crimen contra sí mismo.

-Mire, Padre, no creo en dios, realmente no sé por qué estoy aquí. Lo único que sé es que me quedan pocas semanas de vida. Ahora puedo andar y puedo hablar, pero en poco tiempo seré un cuerpo postrado en una cama, sin vida, aunque pueda seguir respirando y me siga latiendo el corazón. Me convertiré en una carga para personas que no merecen vivir así. Necesitaba decirle a alguien que me voy a quitar la vida, decírselo a alguien que no me juzgue y no intente mediar. Puede que haya venido al lugar menos propicio si lo último que busco es un juicio moral, pero no quiero consejos, estoy cansado de escuchar frases hechas. Sólo quería que alguien que no me conociese lo supiese.

El cura lo miró a través de la rejilla y le pidió que lo acompañase.

Entraron en la sacristía y le pidió que se sentara:

-De sobra sabes, aunque no seas creyente, que la iglesia católica no ve bien el suicidio, por decirlo de alguna manera. No hace falta que te diga lo que debo decirte y sabes que debería decirte, pero ya me has dicho que no quieres consejos ni frases hechas y no te los daré. Me juego mucho en lo que estoy a punto de hacer, pero no sería la primera vez. Tu voz me ha dado la seguridad que necesito para dar el paso: te ayudaré a abandonar este mundo. La vida es un camino de sufrimiento, es verdad, pero es un martirio el saber el  tiempo que te queda y el querer despedirte con dignidad, es algo que no se le debería negar a nadie.

Andrés no sabía si aquello estaba pasando de verdad o si había alguna cámara oculta y todo era una broma.

-No creo – continuaba diciendo el cura – que él le negase la dignidad a ningún ser humano, y yo tampoco lo haré. Si realmente estás seguro de lo que vas a hacer, conozco a una persona en Suiza que nos puede ayudar; él nos proporcionará el veneno con el que sólo te quedarás dormido para siempre.

Estuvieron horas hablando sobre lo divino y lo humano. Era la primera vez que podía hablar con alguien con tanta claridad, sin miedo al que dirá o al qué pensará. Quizás fuese porque ahora que sabía que le pondría fin a todo, ese todo le daba igual.

Quedaron en llamarse cuando el cura pudiese hablar con su amigo.

Pasaron días de incertidumbre, días de despedidas aunque nadie supiese que eran despedidas. Escribió cartas para amigos que se encontraban lejos y visitó a parientes que hacía tiempo que no veía. Eran momentos de despedidas, pero sin decir adiós. No quería inundar todo aquello de melodrama, aunque tampoco quería fingir que estaba feliz ni que la vida era maravillosa, porque no lo era, para él no lo era y estaba bien que no lo fuese. Le quedaban horas de vida, no sentía rencor hacia nadie en concreto, pero sí sentía rencor hacía la vida; era injusto lo que estaba pasando, pero no había nadie a quien culpar. Ese rencor debía morir con él.

Roberto, que así se llamaba el párroco, lo llamó y le dijo que debían hacerlo rápido, que al día siguiente recibiría el veneno desde Suiza y que tendrían que prepararlo todo lo antes posible.

-Podemos hacerlo mañana. Ya me he despedido de todos, no me queda mucho por hacer y el tiempo es el que es.

Quedaron el verse al día siguiente.

Roberto llegó a la casa de Andrés sobre las seis de la tarde.

-¿Estás seguro? Entiende que te lo vuelva a preguntar…

-Lo entiendo. Claro que estoy seguro, no quiero que nadie se compadezca de mí, imagino que eso del orgullo es otro de mis pecados…

-Y yo sé que no crees en dios, pero aunque no lo hagas, ¿quieres confesarte?

-Roberto, no te lo tomes a mal. Agradezco enormemente lo que estás haciendo por mí, y encima sin conocerme. Pero aunque no lo sepas, no estás aquí en calidad de cura, sino de amigo. No me quiero confesar, quiero morir con mis pecados, igual que moriré con mis virtudes. Son los que me han hecho ser como soy, son mi vida y no pienso mutilarla en el último momento.

-Te entiendo. Cuando estés preparado sólo tienes que avisarme.

Andrés fue a la cocina y preparó café. Sirvió dos tazas, una para Roberto y otra para él. Se acercó a la estantería del salón y cogió un libro de poemas de Lorca, miró el índice y se fue a la página noventa y dos:

Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,
y que el mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.

Después de leer el poema en voz alta, bebió un sorbo de café, miró a Roberto y sonriendo le dijo que había llegado el momento.

Se fueron a la habitación. Andrés se tumbó sobre la cama y se bebió el veneno tras un breve suspiro. Miró a los ojos al cura y se lo agradeció. No hubo lágrimas, sólo quedó el sueño.

-Sólo te equivocaste en una cosa – dijo Roberto – sí que te conozco. Soy quien te ha sostenido la mano mientras has muerto. Puede que sea la persona que mejor te haya conocido del mundo, probablemente te haya conocido mejor incluso de lo que te has conocido a ti mismo.

Cruzó el salón, vio un papel sobre la mesa, lo abrió y vio escrito: “Al final el sobre de azúcar tuvo razón, no salí vivo de ella”. Roberto llevó el papel a la habitación y lo dejó sobre el cuerpo muerto de Andrés.

Ahora sí había terminado todo. Cerró la puerta y salió del piso.

Bajó las escaleras y miró su reloj, faltaban diez minutos para la misa de las ocho.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s