¿Qué sentido tiene pensar el tiempo? Martina siempre andaba preguntándose por el sentido de todo, y eso solía llevarla a la angustia o al absurdo. Nunca conseguía una respuesta que le pudiese satisfacer, y en este caso no iba a ser diferente.

El tiempo…¿y qué más da? Puede importar el inicio, el final y el transcurso entre ambos, pero ¿para qué medirlo? El final siempre llega, lo midamos o no, se decía Martina.

Cuando pensaba en el tiempo era inevitable acabar en el principio o en el final de todo. Su muerte no era algo que le importase mucho; ella sabía que iba a llegar tarde o temprano, lo tenía asumido y no le temía. No sería consciente del después, por lo que no sufriría la pérdida y la pena. La Muerte, en general y mayúsculas, era otra cosa. Esa muerte si la temía, la que engloba el final y la pérdida de sus seres queridos, la que sucede sin un porqué, la que no tiene dueño, la que no rinde cuentas a nadie, la que aparece cuando nadie la espera, la que se encuentra escondida en cada esquina, en cada carretera, en cada rincón del planeta, y que está aguardando que alguien cometa el error de estar en el momento y en el lugar equivocado o, simplemente, cometa el error de estar vivo. Esa muerte si despertaba el terror de Martina; el silencio de lo inesperado. Por ese motivo, por lo inesperado que puede ser el final, no le veía sentido a contar el tiempo, le resultaba absurdo. 

Cuando leía sobre episodios que habían ocurrido a lo largo de la historia, y que escondían los peores finales imaginables, se le encogía el estómago. Le costaba pensar y sentir lo que debe pensar y sentir alguien que quiere que el final esté aquí y ahora, alguien para quien el tiempo se había convertido en la nada. Cuando pensaba en ese vacío, en esa nada, Martina no podía evitar pensar en el lobo de ojos verdes que tantas veces había visto en una película de cuando era niña. La primera vez que vio esa película fue la primera vez que pensó en la nada, pero en aquel momento la contextualizaba. Martina tendría 5 o 6 años, lo abstracto de la nada era un imposible para ella entonces. En aquel momento, la nada era el reino de Fantasía desmoronándose mientras Atreyu no conseguía darle nombre a la Emperatriz Infantil. Sería muchos años después de aquella nada cuando Martina lograría captar lo abstracto de la nada. Ocurrió mientras intentaba vislumbrar lo que cualquier ser humano vivió, sintió o pensó dentro de un campo de concentración. Sólo ante ese concepto de la nada, tan seco, tan vacío, tan ausente, tan silencioso, tan solo, tan desesperado…sólo ahí pudo vislumbrar algún eco de la nada que representaba el tiempo para los seres humanos. Nada importa aquí el reloj, la desesperanza no entiende de minutos; sólo busca un final lo más apacible posible, ¿cuándo? lo antes posible. El transcurso en un campo de concentración, se decía Martina, entre el inicio y el final era la nada. Pero no cualquier nada, sino esa nada sorda, invisible que, parafraseando a uno de esos filósofos que Martina estudió en su adolescencia, era como el ojo que todo lo ve y por nadie es visto. Así era aquella nada.

Por todo esto terminaba resultándole absurdo (e inevitable) plantearse el sentido del tiempo: “Al fin y al cabo” pensó “buscarle sentido al tiempo es una pérdida de tiempo”. Y sonrió.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s