Nunca había sido sencillo, tampoco nunca nadie le dijo que lo fuese.

Desde muy joven había tenido que convivir con las habladurías de los demás, con sentirse apartada, y realmente no llegaba a comprender el motivo.

Ella, mejor que nadie, sabía que veía el mundo de otra manera, que no se movía por lo que Otro decía, que eso conllevaba quizás más sufrimiento, pero también la satisfacción era mayor (aunque a veces le costase recordar por qué merecía la pena todo aquello). No comprendía por qué la miraban de manera diferente al resto de jóvenes, y ya de mayor no entendía que la siguieran apartando. No le hacía ningún mal a nadie, si alguien se llevaba la parte mala de su decisión era ella, solamente ella.

Recuerda el día que decidió dar el paso. Su madre lloraba en el salón mientras que su padre sólo podía hacer ruidos con los muebles de la cocina, cerraba y abría los cajones como si le fuese la vida en ello:

-No temáis por mí, estaré bien.

-No sabes lo que dices – le dijo el padre- no sólo te estás marcando tú, nos estás marcando a todos nosotros, a tu madre, a tus hermanos, y no te importa nada, ¡nada más que tú! Eres una egoísta, que no se te olvide nunca.

“¿Por qué fui una egoísta? ¿Por querer vivir mi vida? ¿Por no querer perder el último reducto de libertad que nos quedaba? Si los demás estaban dispuestos a olvidarse de quienes eran, y lo que era mucho peor, de quienes querían ser, era problema de ellos, no mío. Yo no pasaría por ahí, por eso me negué y huí”.

Huyó de su familia, huyó de su vida, pero daba igual donde fuese porque nada volvería a ser lo mismo, y su decisión arrastraría miradas allá donde fuese, encerraría murmullos y no dejaría de ser diferente.

Pero todo eso importaba poco cuando cerraba los ojos y era capaz de llegar a cualquier lugar, cuando sacaba su viejo libro de cuentos y olía sus páginas, cuando una ballena o un barco pirata la sacaban del mundo. En ese momento el tiempo se paraba, el pasado no existía; sólo importaba su respiración y su capacidad de cerrar los ojos al mundo.

Cierto es que tenía que volver a abrirlos, tenía que volver al trabajo y tenía que volver a responder a miradas y silencios incómodos. Por suerte para ella, trabaja en solitario, en un cubículo de poco más de un metro cuadrado que, aunque llegaba a ser asfixiante, conseguía aislarse de los demás y así evitar situaciones desagradables.

Todos sus compañeros habían aceptado la renuncia, al igual que hicieron sus padres aquella tarde de marzo. Sólo a ella en aquella casa le pareció una auténtica locura, una locura por la que no podía pasar. Si existía algo de eso que llamaban dignidad ese era el momento de sacarla a relucir. Supo desde ese instante que perdería todo lo que tenía, tendría que construirse una vida desde cero y, probablemente, tendría que esconder parte de ella, pero no le importaba; era un coste alto, sí, pero era lo que tenía que hacer.

Y así pasaba día tras día, de aquel cubículo a casa. A veces se distraía mientras hacía nudos con su pelo como solía hacer de niña mientras su padre le leía ese mismo libro de cuentos que ahora siempre llevaba en el bolso debajo de mil historias para que nadie lo viese a simple vista; no quería renunciar a su vida, pero tampoco quería tener problemas. Otras veces cambiaba el recorrido camino a casa y se paraba a mirar lo que antes era el mirador de la ciudad: una pequeña caseta en el punto más alto donde había un aparatejo con el que podías ver cada rincón. Recordaba que nunca alcanzaba y sus padres tenían que sostenerla mientras ella veía lo que en ese momento era el mundo. Quién le iba a decir que el mundo acabaría siendo un libro con las páginas amarillas.

Desde que se marchó hacía quince años, jamás se había cruzado con otra persona que se hubiese opuesto a la renuncia en aquel mes de marzo. Nunca hasta aquella tarde cuando volvía a casa y se paró a comprar un zumo en uno de esos puestos callejeros.

Cuando el chico le dio el vaso de zumo de naranja, ella cerró los ojos, se lo acercó a la nariz y sonrió sin darse cuenta que se estaba convirtiendo en el centro de atención de todos los que la rodeaban: “está recordando”. Así era, estaba recordando un momento del pasado, un bonito recuerdo de cuando era niña y su abuela le preparaba un zumo de naranja por las mañanas de verano. Recordó que en aquellos años, mientras bebía zumos que preparaba su abuela, soñaba con ser veterinaria. Todo por, simplemente, el olor a naranjas recién exprimidas.

Miró a su alrededor, y aún sonriendo por su recuerdo, se vio envueltas en decenas de miradas inquisidoras. Se sonrojó y sólo atinó a darle al chico el dinero del zumo, y cuando alzó la vista se encontró con unos ojos vivos (al fin). Se quedó paralizada.

-Gracias – consiguió decir.

El chico le sonrió y contestó:

-No hay de qué. Me recuerdas a Alicia, la del País de las Maravillas. ¿Qué día te negaste a renunciar a tu imaginación?

 

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