Anoche hablaba con un amigo de uno de mis temas favoritos: el carnaval de Cádiz. Cuando le dije que no me iba a dormir porque estaba esperando que actuase una agrupación me dijo: “¿el del otro día?” y no era el del otro día (se lo perdonamos porque es de extramuros y no conoce el concurso). “El del otro día” era Martínez Ares, que obviamente también esperé despierta para verlo. Cuando empecé a contarle un poco el papel de cada uno en el carnaval me sentí un poco loca hablando con mucha ilusión sobre algo que a lo mejor no le interesaba lo más mínimo, porque realmente no preguntó; yo se lo solté todo. Suele pasar cuando algo te apasiona, te emocionas y hablas más de la cuenta.

Le conté el papel de Martínez Ares en el carnaval, el Niño, el rebelde, el que no se calla nada, pero que siempre supo hacerlo con una elegancia con la que sólo cuentan los poetas, y él es un poeta. Por él, muchas personas, se hicieron aficionados del carnaval, aunque haya quien intente echar por tierra a los que, desde fuera de Cádiz, se hicieron aficionados al carnaval por él (entre los que me puedo incluir sin ningún tipo de vergüenza). Este año ha sido el 20 aniversario de una comparsa que hizo para muchas personas que el carnaval traspasase el peaje infinito. A mí no me avergüenza decir que empecé a escuchar carnaval debido a él, y que fue “el año de Los Piratas” el primer año en el que dije en mi casa: quiero ir a Cádiz (y sigo diciendo aunque ya no me hagan caso). Me mirarían raro, porque no hay una especial afición en mi casa al carnaval. Pero yo quería estar ahí, yo quería vivir eso, yo quería sentir eso. Unos años después, concretamente en 2003 lo viví. Tampoco me avergüenza decir que fue uno de los momentos más bonitos, emotivos y especiales de mi vida: ver a su comparsa desde bambalinas en la final. Se me quedan cortos los adjetivos para definir todo aquello, aquella noche, los nervios, la ilusión, la emoción, las lágrimas…Era su despedida del concurso, y de alguna forma él me estaba ayudando a hacerme mayor sin ni siquiera saberlo. Dicen que somos lo que leemos, y yo añadiría que también somos lo que escuchamos y lo que vemos. Y ver a alguien que, con una elegancia sin igual, siempre supo gritar sus verdades, personalmente me ha ayudado. Me enseñó que no era necesario faltar al respeto, y sobre todo que hay que saber ser autocrítico y conocer nuestros límites. Que no pasa nada, que el mundo no se acaba ahí, que reconocer equivocaciones no te hace más vulnerable, al revés. ¿Todo eso por ver carnavales? Pues puedo decir que sí, y que Martínez Ares es uno de mis maestros, junto a otros que he ido conociendo a lo largo de todos estos años en otros ámbitos de mi vida.

Pero cuando entras en el mundo del carnaval, y disfrutas realmente del carnaval, ves que hay un maravilloso mundo detrás. Muchos autores que dedican su tiempo a contar con sátira sus historias, a contar sus despertares, sus sueños, sus anhelos, sus miedos, y lo más importante, que siguen pensando que hacer reír a los demás les da vida, ¿no es algo precioso? ¿No es digno de destacar? Creo que sí, y más actualmente donde nadie hace nada por nadie.

Cuando empecé a escuchar carnaval había un autor, que venía de la cantera y que poco a poco se fue labrando ser quien es actualmente: Tino Tovar. Sí, era a él a quien esperaba anoche. Si Ares es la elegancia, Tovar es la sensibilidad hecha carnaval. Siempre he dicho que mi mayor delicia es leer a alguien que escribe de manera clara, sencilla y bonita. Eso encierra detrás una sensibilidad especial. Creo que Luis Landero es a la literatura lo que Tino Tovar al carnaval, porque para mí representan eso, la dulzura escrita, la sencillez, la sensibilidad. Escuché la comparsa de anoche, y conforme pasaban los minutos pensaba: “no puede sonar más a Cádiz”, porque para mí eso son las comparsas de Tino, son Cádiz, mi sentimiento hacia una tierra que no es la mía, pero por la que siento lo que no siento por la mía. Me da la tranquilidad que necesito cuando la necesito, lo que para muchos puede ser insignificante, para mí lo es todo. Se le ha criticado mucho, hasta que en los nombres de sus comparsas apareciese la palabra Cádiz, pero es que si alguien es capaz de llevar por bandera lo que se siente en y por Cádiz ese es Tino Tovar. Cuando acabó la comparsa y escuché la despedida sólo deseé que no tengan que volver a pasar 13 años.

Habrá quien lea esto y piense que estoy loca, que no es más que palabrería, pero quien me conoce sabe que no es así. Es algo difícil de explicar, y que por ello pueda ser difícil de empatizar, pero no busco que nadie me comprenda con esto. Es mi rincón, tanto en el mapa como conmigo misma; tanto Cádiz como los carnavales, y especialmente ellos dos, me ayudan más de lo que pueden llegar a imaginar.

Virginia Woolf hablaba de la importancia de tener un cuarto propio, un refugio, y el mío sin duda está en Cádiz.

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2 comentarios en “Mi Carnaval

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