Necesitaba reconciliarse consigo mismo. Sabía que todo debía pasar por ahí, pero no era tan sencillo como pudiese parecer; hay veces en las que querer no es poder.

No se trataba “simplemente” de ser capaz de mirar de frente la imagen que escupía el espejo al asomarse. Era enfrentarse a demasiadas cuestiones que le frenaban en su día a día, aunque nadie fuese consciente a su alrededor.

Tenía que aceptar más cosas de las que estaba dispuesto a aceptar, pero llevarse la contraria era parte de esta historia. Tenía que parar y escucharse, algo que le sacaba de sus casillas, no estaba acostumbrado. El silencio conseguía ponerlo nervioso.

“Lo primero que debo hacer es aceptar el pasado. Joder, Martin, como si fuese fácil” se dijo frente al espejo que devolvía la imagen de un hombre que no quería reconocerse, con la mirada esquiva y el pelo alborotado, con más personalidad que el resto de su cuerpo.

“Venga, aceptar el pasado. Mi infancia…¿fue una infancia feliz? Diría que sí. No tuve todo lo que quise, pero quise todo lo que tenía. ¿Amigos? Pues podría contar dos o tres: Juan, Andrés y Marta, ¿sólo esos? Sólo esos. Con ellos todo era fácil, las risas, las confesiones…El problema eran los demás, siempre me costó salir de mi círculo, aunque me lo propusiese, sobre todo en la etapa de adolescente.

Qué horror. No volvería a ella ni loco. Todo eran indecisiones, no saber qué hacer. Sentir algo y hacer lo contrario, hacer los contrario y frustrarte por lo que sentías. Envidiaba a los chavales que simplemente reían por todo, que no veían el peligro, que no les importaba lo que vendría ni lo que había pasado, que vivían el momento, que llevaban por bandera aquel “Carpe diem” pintado en una de las paredes del barrio, pared que tiraron para levantar un hotel de 4 estrellas. ¿No se tratará de eso? De tumbar paredes, de destrozar el momento y convertirlo en un hotel de 4 estrellas con vistas a la playa.

Deja de decir gilipolleces, Martin.

¿Por dónde iba? Ah sí, por la adolescencia. Es complejo ingerir aquella época, pero imagino que es necesario, y que si estoy donde estoy ahora, en parte se debe a aquello. También descubrí lo que significaba la muerte cuando Juan murió en aquel accidente de moto. Puede ser que fuese aquello lo que más me marcase en aquella época y en las próximas que vendrían. No fue fácil de encajar y sigue sin serlo. Nos preparan, más o menos, para ir entendiendo que somos mortales, pero no nos preparan para comprender que hay preguntas que se quedan sin respuestas, y la muerte es la gran pregunta sin respuesta que tenemos. Rondando los 40 sigo sin aceptar que es así y que está bien que así sea. ¿Por qué tuvo que morir un chaval con 15 años? Eso no forma parte de ningún ciclo, no obedece a los deseos de nadie, sólo al azar y no es justo dejar la vida de una persona que no debía morir en manos del azar. Nos vuelve demasiado vulnerables. A mí me volvió demasiado vulnerable. Creo que nunca superé aquello.

Luego llegaron la veintena y, con ella, la rueda laboral. Sentirme como un número que ni siente ni padece no ayudó, imagino.

Siempre me pregunto si debí haber estudiado, si me hubiese dado alguna herramienta para entenderme hoy en día, pero luego me doy cuenta de que no, que el mundo universitario actualmente no te da herramientas para mucho. Entras a formar parte del mundo laboral unos años después, pero te terminas convirtiendo en un número, no tienes nada especial. Hay quien se cree especial por tener estudios superiores, pero no lo es. Antes o después se dará cuenta. También a ellos les llegará este momento de sentarse frente al espejo.

Con la treintena llegó el punto de inflexión de hacia dónde debía orientar mi vida. Pero siempre se me venía la misma pregunta, ¿para qué? ¿Con qué fin? ¿Para qué organizar una vida que en diez segundos puede desaparecer? ¿Merece la pena compartirla con otra persona? Nada es para siempre; si una vida no lo es, imagina el amor.

Así he llegado al día de hoy. Sigo sin saber qué hacer, si intentar no apartar a Marta de mí. Si matricularme en la carrera de Filosofía a mis casi 40 años. Sigo sin saber si el hecho de sentirme un número depende más de mí que de ellos. No sé qué sentido tiene todo esto. No sé si el azar se ríe de mí y de mis ocurrencias, si sólo está esperando a que me relaje, a que baje la guardia, para aparecer y desmontar mi vida como desmontaron aquella pared del barrio en el que crecí.

¿Merece la pena, Martin? ¿Merece la pena intentar dejar un mundo mejor que el que encontraste sin saber muy bien a quién? Al fin y al cabo todo se reduce a eso”.

Apartó la vista del espejo, vio el sol colándose por la ventana de la habitación y la sombra del árbol del parque reflejado sobre el armario. Quizás sí que mereciese la pena, quizás reconciliarse con uno mismo dependía más en mirar fuera de sí que en sí mismo. Reconciliarse podía no ser más que reconocerse en lo demás y en los demás. Habría que intentarlo. ¿Y el azar?

“Angustiarte por no controlar el azar…no se puede ser más imbécil, Martin”.

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